Suenan dos campanas, juntas, diferente melodía; las escucho, me tapo los oídos, no quiero escucharlas. Suenan dos campanas, ambas me han dejado, ni un ruido, solo silencio.
¿A dónde han ido? No suenan más.
En medio del desierto, dos árboles: uno me da su fruto, el otro me deja morir de hambre. Sonó el reloj, marcó la hora de la desgracia, la noche cayó y el lobo ha llegado. Bajo la cama me escondo esperando no ser encontrado; te llamé muchas veces y nunca viniste, me gustaría pensar que nunca lo supiste. Grité tu nombre en el llanto aterrado, me morí de frío deseando que hubieras llegado.
¿Dónde estabas? Por mí nunca diste nada. Mi sangre corrió por sus manos, ¡me hizo algo inhumano! Y no lo viste, no estuviste, nada hiciste.
Dos pájaros del nido han salido, siempre pensaron que volar habían podido, pero a los pájaros plumas les han quitado, y unos cuantos los han rechazado. Y aún te dignas y te golpeas el pecho, cuando al pronunciar nuestro nombre no tienes derecho.
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