Manos que se frotan para generar calor. Manos que encuentran el encendedor y prenden una de las cuatro hornallas. El frasco de café al alcance de la mano, previamente preparado para no tener que estirarse. Se bate con parsimonia como si se tuviera todo el tiempo del mundo y quizás, se lo tiene.
Los rayos de sol entran por la ventana. Debe ser temprano. Debe hacer frío porque los vidrios están empañados. Debe ser por eso el pulóver gris, dos o tres tallas más grande. O quizás no sea suyo; quizás, en esta cocina típica de un departamento del centro de Buenos Aires, haya alguien más esperando el café, alguien más a punto de cruzar el pasillo y hacerse presente.
Dos tazas, dos sillas aguardando. Esperando su oportunidad de ser, su momento. Dos voces encontrándose casi al mismo tiempo, un único tiempo. La rutina mañanera que se vuelve otro gesto de amor que lo transforma todo.
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