Hicimos lo que pudimos porque no hay más manos para cubrir el calor. Más me cuentan y más desconfío. La casita del fondo es húmeda y rugosa, con el cuchillo en los dedos espera que el invierno pase. Los bichos golpean las ventanas, son ciegos pero no torpes, tienen pestañas como puentes y la sed de mil muertos en el desierto. Ya nadie canta, los ritmos son gritos secos esperando pasar por una ventana abierta que solo existe en el impulso. Yo no creo en apagar y prender la luz, tampoco creo en los yuyitos de mamá, ni en los cuentos de papá. Si tuviera una piletita como un océano en la mesita de luz dibujaría un delfín que sale, fuma una sequita y vuelve a entrar. Vivir como un señor es más bien estar enojado y no saber porqué. Les cuento, grito y repito: a la vuelta hay un kiosco con todo abierto, siempre hay un chico que se trenza un mechón de pelo con la mano izquierda. ¿Será como ir de acá hasta Brasil? ¿Será como ir de acá hasta la plaza de Vidal?
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