La puerta, a la derecha del cuadro chueco, a la derecha del reflejo de la tenue luz blanca de la cocina en la ventana, me recuerda que es de madrugada, que podría salir ahora mismo y morir otra vez. Me recuerda cuánto me gustaba escaparme a esta hora y cuánto he amado volver a nacer.
La puerta de mi casa, esta noche, parece una amenaza; no por cómo se ve ni por los recuerdos que tengo de ella, sino por las sensaciones que, en mi cuerpo, evoca.
La puerta se siente como magma que surge de mi alma, que ruge en mi estómago, derrite mi panza, se propaga por mi esófago y quema mi diafragma.
La puerta se atora en mi garganta y al tragarla, contraintuitiva, se traga para arriba y se licúa en lágrima espesa y ardiente que se aferra al globo de mi ojo y se niega a rodar.
Mientras miro la puerta, ahora en mi cabeza y olvido si apagué la luz al regresar a mi cuarto, escucho todo el ruido proveniente de entes dormidos, soñando que están despiertos; lo gritan a los cuatro vientos, pues necesitan repetirse la mentira para soñar que es verdad.
Al mismo tiempo gritan y gritan quienes nunca han querido despertar, inconscientes de que existen (inexistentes). Ojalá se callaran un rato, que llevo tanto intentando volverme a dormir.
Un sueño es mucho más divertido cuando sabes que estás soñando que cuando crees que estás despierta.
La realidad también.
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