Se oye tu voz,
y se acerca la hora de la verdad escondida.
Traje la melancolía hasta acá, donde la pudiéramos ver, donde se refugie tu desnudez, solo para verte desaparecer.
Ahora eres inmortal, rostro varicoso de décadas invernales; esquivaste las arrugas de mis palabras con tal profanación que ya no hay rescoldo por rescatar. Eres libre de mí, pero no de la torpeza interior.
Iluminación, gracia o destrucción.
Agotaste todas las formas de un rayo que aniquiló su propio rastro. Devoraste la raíz, incluso la gramática de mi voz que vivía sólo para invocarte.
El mismo libreto se desangra en la febril capital, por una histriónica mujer que se arrastra con violencia por el rastro de sus promiscuos afectos.
Y ella oye tu voz,
y se acerca la hora.
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