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10/Julio/2025

No sé quién soy.

Aquí abajo no hay espejos.

Solo gusanos formando pómulos

y dos agujeros secos donde iban mis ojos.

Cuando me toco la cara

mis dedos encuentran tierra caliente,

algo que palpita,

una herida que respira.

¿Alguna vez tuve rostro?

¿O siempre fui esta masa blanda

que intenta recordar su forma

mientras los gusanos deciden por mí?

Quiero arrancármela.

Clavar las uñas en la línea del pelo

y pelar.

Escuchar ese desgarro húmedo

como quitarle la cáscara a algo que ya está podrido.

Quiero sostener mi cara en las manos

y por fin ver

qué se esconde abajo.

Y lo hago.

Los dedos entran.

La piel cede con un grito que no sale de mi boca

porque ya no sé si tengo boca.

Arranco.

Tiro.

La carne cuelga como trapo viejo.

Mis manos tiemblan

pero no paran.

Ahora tengo mi rostro entre los dedos.

Pesa poco.

Huele a algo que ya no respira.

Lo sostengo frente a mí

con los brazos extendidos

como quien ofrece un cadáver al vacío.

Pero el vacío ya estaba dentro.

Miro el agujero que dejé

y no hay hueso.

No hay sangre nueva.

Solo un hueco podrido.

Negro.

Blando.

Lleno de gusanos que ni siquiera se movieron cuando los desnudé.

Porque ellos ya estaban cómodos.

Porque ellos ya eran yo.

Abajo de la cara

no había otra cara.

Abajo de la cara

solo había más hoyo.

Y entiendo entonces:

nunca tuve un rostro.

Tuve una máscara de gusanos

pegados entre sí por algo que llamé "yo".

Y ahora los tengo en las manos,

inmóviles,

y no sé si tirarlos

o volvérmelos a poner

o comérmelos de una vez

para dejar de ser este hueco que respira.

No hay esperanza.

No porque duela.

Sino porque no hay nada después.

Ni siquiera el dolor.

Solo el hueco.

El hueco que soy.

El hueco que siempre fui.

Y abajo del hueco,

otro hueco.

Y abajo,

nada.

Emily dayana

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