Una docena de rosas muertas fue la que me enviaste aquella vez...
Quisiera decir que no me importó, pero cuando llegó tu recuerdo me dolió.
Más dolorosa fue la espina que me clavaste en el corazón.
Hiciste como si no importara nada y yo como masoquista me acostumbré a la sensación.
A final lo que tuvimos también se marchitó, como aquellas rosas que él en mi puerta abandonó.
¿Por qué dejaste que los pétalos cayeran de tus manos?
Si yo te estaba dando todo lo que nadie nunca te había dado.
Fue por eso que las rosas que tanto había cuidado se murieron a mi lado.
Y cuando me deshice de la espina que me habías clavado, me di cuenta de que ya te había superado.
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