Despierta con una pesadez nueva para su espalda. El sol se filtra por las cortinas. Ella se pregunta si acaso era la luz de la tarde, o solo otra mañana.
La muñeca le aprieta. Su piel arrugada está apresada por una pulserita de papel. Escrita en fibrón y con letra temblorosa.
"Rosa"
La habitación le resulta ajena, como un recuerdo lejano. Hay una mesa con un vaso a medio llenar, un reloj roto, una radio apagada...
El aire está agrio, con olor a desinfectante y perfume viejo. Al costado de la cama hay un papel arrugado que pasa por alto: "Recordar la medicación".
Camina descalza hasta el pasillo. El suelo está Helado, húmedo. Las paredes están repletas de papeles amarillos, escritos con letras grandes: Puerta, Cocina, Luz.
Muchos se despegaron y quedaron tirados. Adornando en flúor el piso del living. Pasa el dedo sobre uno que dice "Espejo", pero el adhesivo ya no pega. Lo deja caer.
En la cocina, la mesa está cubierta de migas secas y tazas con un ultimo sorbo de café. La ventana abierta deja entrar un viento tibio que hace flamear las cortinas sucias.
Busca una tetera, un plato, algo que le diga qué hacer. En el suelo encuentra una fotografía. Tres personas sonríen bajo un árbol. Reconoce el vestido que lleva la mujer del medio: el mismo que cuelga del respaldo de la silla.
Pero los rostros le resultan extraños, como un hijo de vecino al que se cruzó solo un par de veces.
Se sienta. Las manos le tiemblan un poco. La palabra en la muñeca parece mirarla.
Rosa.
¿Será la mujer del vestido?
Una voz le viene a la cabeza, suave, casi un eco: "No te olvides de vos, mamá."
El sonido se disuelve en el aire. Se agarra la cabeza, intentando sujetar la imagen, pero ya se va.
Entonces lo ve sobre la mesa: un fibrón negro, sin tapa.
Lo toma, siente el plástico tibio entre los dedos.
Vuelve a mirar su muñeca.
El trazo azabache de "Rosa" está deshecho. Lo tacha con lentitud y, debajo, escribe una sola palabra:
yo...
La tinta se filtra entre las arrugas como un hilo nuevo.
Permanece así, observando el nombre que aún entiende.
El viento mueve la cortina y el papel del suelo gira, como si quisiera levantarse.
Ella sonríe, apenas. Afuera, alguien pasa silbando una melodía que cree conocer.
Cierra los ojos, la sigue tarareando.
No recuerda la letra, pero el ritmo le suena familiar.
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Mateo
Un chico que siempre quiso tocar las estrellas y vivir sus sueños. Aprendió a volar con relatos y soñar con palabras. He aquí la prueba de ello
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