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Revelado

Jul 21, 2026

50
Revelado
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I

Hubo un tiempo en el que las ciudades todavía parecían guardar un lugar para los soñadores, cuentan las estaciones de buses que por aquellos años llegó un joven dibujante con una mochila desgastada, una vieja radio que había traído desde el pueblo donde nació y un corazón tan frágil que cualquier palabra bastaba para romperlo, había dejado atrás todo cuanto conocía porque estaba convencido de que el arte podía salvar una vida, ignorando que el mundo acostumbraba a ponerle precio incluso a las cosas más hermosas.

Desde niño encontró refugio en el dibujo antes que en las personas.

Mientras otros aprendían a jugar, él aprendía a observar.

Descubría formas escondidas entre las nubes, montañas dibujadas en las grietas de las paredes, animales ocultos entre las ramas de los árboles y rostros donde nadie más era capaz de encontrarlos.

Pasaba tardes enteras acostado sobre el pasto mirando el cielo mientras imaginaba historias, regresaba a casa y llenaba cuadernos completos intentando que el papel conservara aquello que sus ojos habían visto por unos cuantos segundos.

Con los años comprendió que dibujar no era un pasatiempo.

Era una forma de mantenerse con vida.

Por eso abandonó su pueblo cuando apenas tuvo el dinero suficiente para hacerlo.

No dejó grandes despedidas ni promesas de volver.

Sólo abrazó a quienes alguna vez quisieron verlo sonreír, guardó aquella vieja radio que tantas noches había llenado de música una habitación demasiado silenciosa y emprendió el viaje creyendo que en algún lugar del mundo existiría alguien dispuesto a mirar sus dibujos con el mismo cariño con el que él los había creado.

Pero las ciudades grandes también esconden grandes soledades.

Consiguió trabajo como mesero en un pequeño restaurante donde el tiempo parecía caminar siempre con la misma lentitud.

Servía platos desde la mañana hasta la noche, limpiaba mesas, recibía clientes con una sonrisa prestada y regresaba al pequeño apartamento donde vivía con los pies adoloridos y el cuerpo completamente agotado.

Aun así...

Cada noche volvía a dibujar.

Siempre.

Aunque el sueño le cerrara los ojos.

Aunque las manos le temblaran.

Aunque el dinero apenas alcanzara para pagar el alquiler, comprar una caja de lápices y un paquete de cigarrillos que consumía con una lentitud casi ceremonial.

Las paredes del apartamento terminaron cubiertas por retratos, paisajes, ciudades, bosques, ancianos de mirada triste, parejas abrazadas frente al mar, animales descansando bajo la luz de la luna y cientos de autorretratos que jamás conseguía terminar porque siempre encontraba un defecto nuevo antes de firmarlos.

Nadie compraba aquellas piezas.

Algunos pocos que llegaron a conocer sus obras las observaban durante unos segundos antes de continuar su camino.

Otros únicamente sonreían por compromiso.

Más de uno llegó a decir que eran demasiado crudas para colgarlas en una sala.

Que transmitían demasiada tristeza.

Que nadie quería convivir todos los días con una obra que le recordara sus propias heridas.

Cada una de aquellas frases regresaba con él hasta su apartamento.

Y allí lo esperaba.

Sentado frente al espejo.

El único visitante que jamás faltaba.

Tenía exactamente su misma voz.

Sus mismos ojos.

Las mismas cicatrices.

Pero donde el dibujante todavía intentaba encontrar un motivo para seguir adelante, aquella otra versión únicamente encontraba razones para detenerse.

—Otro dibujo que nadie quiso.

Silencio.

—Otro día perdido.

Silencio.

—Veintiséis años.

Silencio.

—¿Recuerdas cuando de niño jurabas que a esta edad tendrías una esposa, un gato durmiendo sobre tus piernas mientras dibujabas?

El joven continuó afilando el lápiz.

—Mírate.

Ni siquiera puedes permitirte adoptar ese gato.

No respondió.

Nunca lo hacía.

Porque había descubierto que discutir con aquella voz era igual que intentar convencer a la lluvia de no caer.

Cada noche ocurría exactamente lo mismo.

Encendía la vieja radio.

Buscaba alguna emisora donde todavía sonaran guitarras viejas y voces capaces de abrazar el silencio.

Preparaba café aunque el reloj anunciara la madrugada.

Prendía un cigarrillo.

Y comenzaba a dibujar.

El reflejo hablaba.

Él dibujaba.

El reflejo reía.

Él seguía dibujando.

El reflejo le recordaba cada fracaso, cada mujer que nunca llegó a quedarse, cada dibujo rechazado, cada sueño que parecía alejarse un poco más.

Y aun así...

Seguía dibujando.

Porque el papel era el único lugar donde aquella voz perdía fuerza.

Los fines de semana recorría mercados de segunda mano buscando rollos fotográficos baratos. Había tardado casi dos años en ahorrar lo suficiente para comprar una vieja cámara analógica que descansaba sobre la mesa junto a sus lápices.

Nunca la consideró un lujo.

La veía como otra forma de dibujar.

Sólo que aquella vez el lienzo era el tiempo.

Fotografiaba bancos vacíos, estaciones antiguas, ancianos alimentando palomas, ventanas abiertas, calles después de la lluvia, montañas vistas desde la distancia, perros callejeros dormidos bajo un árbol y cielos que parecían incendiarse antes del anochecer.

Decía que algún día olvidaría muchas cosas.

Por eso quería guardar tantas como pudiera.

Aunque todavía no imaginaba lo cerca que estaba aquella frase de convertirse en una sentencia.

Una mañana reunió el poco valor que le quedaba.

Guardó varios dibujos dentro de una carpeta de cartón y decidió presentarlos en una pequeña exposición organizada para artistas emergentes.

Pasó horas escogiendo cuáles llevar, limpió cuidadosamente cada hoja, corrigió pequeños detalles que nadie más habría notado y salió del apartamento convencido de que quizá aquella sería la primera vez que alguien decidiera darle una oportunidad.

Había caminado apenas unas cuantas calles

cuando sintió el primer pinchazo detrás de los ojos.

Se detuvo.

Pensó que era cansancio.

Continuó.

El dolor regresó.

Más intenso.

Como si cientos de agujas comenzaran a clavarse detrás de su mirada.

Parpadeó varias veces.

La luz del mediodía comenzó a molestarle.

Las personas a su alrededor parecían perder nitidez por pequeños instantes.

Respiró hondo.

Intentó seguir caminando.

Pero cada paso hacía que el dolor creciera un poco más.

Sus ojos comenzaron a llorar de una forma tan desesperada que por un momento creyó que el rostro entero se estaba deshaciendo.

El ardor era insoportable.

Las sienes parecían estallar.

La migraña terminó obligándolo a regresar antes de llegar a la galería.

Entró al apartamento, dejó caer la carpeta sobre el suelo y permaneció sentado durante horas sin decir una sola palabra.

Aquella noche fumó más de la cuenta.

Mucho más.

El humo terminó cubriendo el pequeño apartamento

como si quisiera esconderlo del resto del mundo.

El reflejo permaneció sentado frente a él observándolo.

Sonriendo.

—Ni siquiera lograste llegar.

El joven apagó el cigarrillo.

Y comenzó otro dibujo.

Durante los días siguientes el dolor regresó una y otra vez.

Primero fueron pequeños pinchazos.

Después ardor.

Luego una presión constante que parecía atravesarle la cabeza.

En el restaurante comenzó a dejar caer vasos, confundía pedidos, entrecerraba los ojos intentando enfocar los rostros de los clientes mientras las luces del lugar le provocaban un sufrimiento difícil de explicar.

Su jefe terminó llevándolo aparte.

No hubo comprensión en su voz.

Sólo impaciencia.

—Ve al médico... o busca otro trabajo.

Aquellas palabras pesaron más que cualquier migraña.

Pasó varios días reuniendo el valor suficiente para entrar al consultorio.

Las salas de espera siempre le habían parecido lugares extraños.

Personas desconocidas compartiendo el mismo miedo sin atreverse a mirarse.

Respondió preguntas.

Le hicieron pruebas.

Le iluminaron los ojos una y otra vez.

Lo hicieron leer letras que poco a poco comenzaron a desaparecer entre manchas borrosas.

Cada examen duraba apenas unos minutos.

Pero para él parecían horas.

Mientras esperaba el resultado, el hombre del espejo ocupó la silla vacía a su lado como si también hubiera sacado turno.

—Siempre encontraste formas originales de fracasar.

Ahora hasta tu cuerpo quiere abandonar el intento.

El joven cerró los ojos.

No respondió.

Ya no tenía fuerzas.

Finalmente el especialista regresó con los estudios entre las manos.

Guardó unos segundos de silencio antes de hablar.

No fue un silencio cómodo.

Fue el tipo de silencio que cambia una vida.

Le explicó que existían enfermedades capaces de devorar la visión

con una velocidad difícil de detener.

Que la suya había decidido correr.

Que harían todo cuanto estuviera a su alcance para aliviar el dolor y retrasar el avance, pero no podía prometerle que conservaría aquello que todavía veía.

Las palabras siguieron saliendo de la boca del médico.

Tratamientos.

Medicamentos.

Controles.

Pronósticos.

Pero el dibujante dejó de escucharlas.

Porque una sola frase comenzó a repetirse dentro de su cabeza.

Un día dejarás de ver.

El médico hizo una última pregunta.

—¿Tiene familia?

El joven tardó unos segundos en responder.

Después sonrió con una tristeza imposible de esconder.

—La dejé atrás... intentando cumplir un sueño.

Salió del consultorio con la receta doblada dentro del bolsillo.

Las personas seguían caminando.

Los autobuses seguían pasando.

El mundo entero continuaba exactamente igual.

Sólo él sentía que algo acababa de romperse para siempre.

Y mientras descendía los escalones del hospital, el hombre del espejo caminó a su lado y por primera vez desde que comenzaron a hablarse, no sonrió.

Únicamente susurró:

—Ahora... ¿qué vas a dibujar cuando la oscuridad termine de encontrarte?

II

El dibujante regresó a su apartamento cuando el sol comenzaba a esconderse detrás de los edificios, pero aquella tarde no fue el mismo hombre quien cruzó la puerta.

Algo había quedado sentado en aquel consultorio.

Quizá la esperanza.

Quizá el futuro.

Quizá la ingenua idea de que todavía existían suficientes mañanas para cumplir cada uno de los sueños que alguna vez imagino.

Cerró la puerta con cuidado.

Dejó las llaves sobre la mesa.

La vieja radio continuaba donde siempre había estado.

La encendió por costumbre.

Una melodía comenzó a llenar la habitación.

Pero aquella noche la música no consiguió salvarlo.

Frente al espejo, el hombre de siempre ya lo esperaba.

No hizo falta que pronunciara una sola palabra.

Bastó con verlo sonreír.

El dibujante evitó mirarlo.

Preparó café.

Encendió un cigarrillo.

Después otro.

Y otro más.

Las horas comenzaron a desaparecer.

Los dibujos colgados sobre las paredes parecían observarlo.

Pensó en cada noche que había dejado un pedazo de sí mismo sobre aquellas hojas.

Y por primera vez sintió que todo había sido inútil.

—¿Sabes qué es lo más triste? —preguntó el hombre del espejo.

El dibujante guardó silencio.

—Que ni siquiera alcanzaste a fracasar.

Porque para fracasar alguien primero tiene que intentarlo.

¿Quién iba a recordar tu nombre?

¿Quién iba a preguntar por ti?

¿Quién iba a notar tu ausencia?

La radio siguió sonando.

Él bajó el volumen.

No quería escuchar nada.

Ni siquiera música.

Las siguientes jornadas dejaron de parecer días.

Eran habitaciones cerradas donde el reloj continuaba avanzando aunque él hubiera decidido quedarse quieto.

Dormía durante horas.

A veces durante todo un día.

Otras noches no dormía en absoluto.

Los cigarrillos comenzaron a terminarse demasiado rápido.

El café dejó de tener sabor.

La comida permanecía intacta sobre la mesa hasta echarse a perder.

Las llamadas del restaurante comenzaron a repetirse.

Al principio preguntaban cuándo regresaría.

Después dejaron de preguntar.

El arrendatario golpeó la puerta varias veces durante aquella semana.

Siempre con la misma frase.

—Necesito el alquiler.

El dibujante respondía con silencio.

No porque quisiera ignorarlo.

Sino porque ya no encontraba palabras para defender una vida que él mismo había dejado de comprender.

Las discusiones con el hombre del espejo comenzaron a ocupar el lugar de las conversaciones que nunca tuvo con nadie más.

Hablaban durante horas.

O quizá discutían.

A veces ya no lograba distinguir la diferencia.

—Nunca debiste abandonar tu pueblo.

Silencio.

—Jamás debiste creer que podías vivir del arte.

Silencio.

—Mira alrededor.

Ni siquiera tienes una fotografía donde aparezcas acompañado.

El dibujante apretó los puños.

Por primera vez levantó la voz.

—¡Cállate!

El reflejo sonrió.

—¿Por qué?

Si soy el único que todavía quiere escucharte.

Aquella noche tomó uno de sus dibujos.

Después otro.

Y otro más.

Los observó durante largos minutos.

Había invertido años enteros en cada uno de ellos.

Horas.

Lágrimas.

Madrugadas completas.

Pensó en romperlos.

Pero no pudo.

Era como intentar arrancarse los recuerdos con las propias manos.

Los dejó nuevamente sobre el suelo.

Se sentó entre cientos de hojas desperdigadas.

Y lloró hasta quedarse dormido.

Pasó casi una semana antes de que el teléfono volviera a sonar.

Reconoció el número.

Era el oftalmólogo.

Dudó varios segundos antes de responder.

—No ha venido por sus medicamentos.

El dibujante observó la receta todavía doblada dentro del bolsillo de su chaqueta.

Jamás la había abierto.

—No pienso recogerlos.

Al otro lado hubo un breve silencio.

Después la voz del médico perdió toda distancia profesional.

Sonó como la voz de un hombre que había visto demasiadas despedidas.

—No puedo obligarlo.

Si quiere dejar que la oscuridad se apodere de usted... hágalo.

Pero mientras todavía le quede un poco de luz...

Haga que valga la pena.

La llamada terminó.

Nada más.

Ningún discurso.

Ninguna insistencia.

Sólo aquella frase.

Mientras el apartamento volvía a quedar en silencio, el hombre del espejo

dejó escapar una pequeña risa.

—¿Y ahora?

El dibujante levantó la mirada.

Aquella fue la primera vez que respondió sin miedo.

—Ahora...

Voy a mirar todo lo que todavía pueda.

Durante las siguientes veinticuatro horas no volvió a dormir.

No por ansiedad.

Por decisión.

Quería pasar una última noche haciendo aquello que siempre había amado.

Sacó todas las hojas guardadas debajo de la cama.

Llenó la mesa.

El suelo.

Las paredes.

Los pasillos.

No quedó un solo espacio libre dentro del apartamento.

Dibujó todo lo imaginable

Y finalmente...

Se dibujó a sí mismo.

No como era.

Sino como habría querido recordar.

Cuando amaneció, dejó el lápiz sobre la mesa.

Observó aquel océano de papel.

Sonrió con un cansancio inmenso.

Y comenzó a guardar cada dibujo dentro de varias cajas.

El hombre del espejo permanecía apoyado contra la puerta.

—¿Qué haces?

El dibujante siguió acomodando las hojas.

—Empacar.

—¿Vas a mudarte?

El joven negó despacio.

Después levantó la mochila donde apenas guardó un par de mudas de ropa, algunos lápices, una libreta completamente en blanco, la cámara analógica que había comprado con años de propinas como mesero y unos cuantos rollos fotográficos.

Miró a su reflejo.

Y sonrió por primera vez desde el diagnóstico.

—No.

Voy a viajar.

El hombre del espejo permaneció callado.

Salieron juntos del apartamento.

Caminaron hasta una fundación donde recibían donaciones.

Entregó su ropa.

Sus zapatos.

Los pocos utensilios que todavía conservaba.

Cuando le preguntaron si olvidaba algo, sacó un pequeño llavero del bolsillo.

—Hay una cama.

Una radio vieja.

Y una dirección.

Si alguien puede darles un hogar...

Quédense con todo.

Dejó las llaves sobre el mostrador.

No volvió la vista atrás.

Después comenzó el recorrido más extraño de toda su vida.

Visitó una galería.

Luego otra.

Y otra más.

En cada una dejaba una caja diferente.

No pedía dinero.

No dejaba su número.

Ni siquiera escribía su nombre.

Simplemente entregaba sus dibujos y seguía caminando.

Cuando el sol comenzó a ocultarse, el hombre del espejo rompió el silencio.

—¿Por qué?

¿Por qué regalarlos?

El dibujante acarició distraídamente la cámara que colgaba de su cuello.

Pensó durante unos segundos.

Y respondió casi en un susurro.

—Porque fui demasiado tímido para dejar que alguien me conociera.

Quizá...

Quizá alguien pueda querer un poco estos dibujos...

Aunque nunca lleguen a saber quién los hizo.

Guardó silencio.

Respiró profundamente.

Después miró hacia la enorme terminal de autobuses que se levantaba al final de la avenida.

Las luces comenzaban a encenderse.

Decenas de destinos aparecían escritos sobre los paneles.

El hombre del espejo volvió a preguntar.

—¿Y ahora?

El dibujante acomodó la mochila sobre sus hombros.

Apretó la libreta contra el pecho.

Y sostuvo la cámara como quien protege el último pedazo de su propia vida.

Sonrió con una calma que ya no parecía tristeza.

—Ahora...

Vamos a descubrir cuánto mundo cabe dentro de la poca luz que todavía me queda.

III

Los viajeros suelen decir que ninguna persona aborda un autobús siendo la misma que desciende de él.

El dibujante descubrió que aquello era verdad durante la primera madrugada de su viaje.

No porque el paisaje hubiera cambiado.

Sino porque, por primera vez en muchos años, no existía un lugar esperándolo al final del camino.

No tenía un apartamento al cual regresar.

No debía presentarse a trabajar.

No había alquileres por pagar.

Ni paredes donde volver a colgar sus dibujos.

Únicamente llevaba una mochila liviana, una libreta completamente en blanco, la vieja cámara analógica y 5 rollos fotográficos que había decidido reservar para aquello que realmente valiera la pena recordar.

El hombre del espejo ocupaba el asiento junto a la ventana.

Miraba el paisaje con la misma tranquilidad con la que otros observan la lluvia.

—Todavía puedes bajar en la próxima parada.

El dibujante sonrió.

—Todavía puedes callarte.

Aquella fue la primera vez que el reflejo no respondió de inmediato.

Y también la primera vez que el dibujante comprendió que podía desafiarlo.

Durante las primeras semanas dejó de contar los días.

Comenzó a medir el tiempo por amaneceres.

Dormía donde podía.

Algunas noches encontraba una pensión barata donde apenas cabían una cama y una ventana.

Otras prefería quedarse en pequeñas terminales de autobuses viendo partir personas cuyos destinos jamás conocería.

Hubo noches donde el techo fueron las estrellas.

Y otras donde el cielo desapareció detrás de viejos puentes de concreto.

No parecía importarle.

Después de tantos años sintiendo que no pertenecía a ninguna parte...

Descubrió que el mundo entero podía convertirse en una casa cuando ya no esperabas nada de él.

Los pueblos comenzaron a sucederse uno detrás del otro.

Montañas.

Bosques.

Calles empedradas.

Mercados donde ancianas vendían flores.

Estaciones olvidadas por el tiempo.

Cada lugar le regalaba una fotografía.

Jamás desperdiciaba un disparo.

Permanecía largos minutos observando antes de levantar la cámara.

Esperaba que la luz cambiara.

Que el viento acomodara una rama.

Que un perro cruzara la calle.

Que una pareja terminara de abrazarse.

Sólo entonces presionaba el obturador.

Como si cada fotografía fuera una despedida.

Porque en el fondo lo era.

Mientras todavía podía distinguir los colores del mundo...

Quería conservar tantos como le fuera posible.

La libreta comenzó a llenarse lentamente.

No escribía fechas.

Ni nombres de ciudades.

Sólo pensamientos.

"Hoy entendí que los árboles también saben guardar silencio."

"El café sabe distinto cuando nadie te espera."

"Vi a un anciano alimentar palomas durante casi una hora. Creo que era feliz."

"Las montañas siempre parecen más grandes cuando uno se siente pequeño."

Había páginas donde sólo pegaba una hoja seca.

En otras guardaba el boleto de algún autobús.

A veces dibujaba el perfil de una montaña antes de fotografiarla.

Sentía que ambas cosas pertenecían al mismo recuerdo.

El hombre del espejo jamás se alejaba demasiado.

Lo esperaba en cada ventana.

En cada espejo de los baños públicos.

En los charcos después de la lluvia.

—Sigues huyendo.

El dibujante revelaba una sonrisa.

—No.

Estoy caminando.

—Es lo mismo.

—No para mí.

Las discusiones comenzaron a perder violencia.

Ya no gritaban.

Conversaban.

Como dos viejos enemigos demasiado cansados para seguir odiándose.

En una ocasión compartieron una banca frente a un lago durante casi toda una tarde.

—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó el reflejo.

El dibujante permaneció dibujando sobre la libreta.

—Que al final de este viaje seguirás estando solo.

Él terminó el boceto antes de responder.

—Puede ser.

—Entonces... ¿para qué seguir?

El joven observó el agua.

Después levantó la cámara.

Una bandada de aves atravesó el cielo.

Disparó.

—Porque ellas jamás volverán a volar exactamente igual.

El reflejo bajó la mirada.

Y permaneció callado.

Los dolores regresaban cada vez con mayor frecuencia.

Primero eran pequeñas punzadas.

Después ardor.

Finalmente aparecían aquellas migrañas capaces de convertir la luz del mediodía en una tortura insoportable.

Había tardes donde debía permanecer sentado durante horas bajo la sombra de algún árbol esperando que el mundo dejara de girar.

Sus ojos lloraban sin descanso.

Las siluetas comenzaban a desdibujarse.

Las letras de los carteles se mezclaban unas con otras.

Las estrellas ya no parecían tan numerosas.

Pero jamás dejó de fotografiarlas.

Como si cada imagen pudiera impedir que la oscuridad avanzara un poco más.

Los cigarrillos seguían acompañándolo.

No por costumbre.

Por compañía.

Entraba a pequeños bares donde casi nadie pronunciaba una palabra.

Pedía un café barato.

Encendía un cigarrillo.

Sacaba la libreta.

Y dibujaba.

Ya no podia dibujar a las personas.

Dibujaba las miradas, las siluetas, las sonrisas.

En ocasiones algún desconocido se acercaba curioso.

—¿Cuánto cuesta?

El dibujante rompía la hoja.

Y la regalaba.

Nunca volvió a cobrar por un dibujo.

Porque comprendió que existían regalos imposibles de vender.

Los meses comenzaron a pasar con una velocidad extraña.

El invierno cedió lentamente su lugar a la primavera.

Los árboles recuperaron el color.

Los campos volvieron a llenarse de flores.

El mundo parecía insistir en seguir naciendo.

Aunque él sintiera que comenzaba a apagarse.

Una noche caminó por una avenida llena de restaurantes.

Todas las mesas estaban ocupadas.

Había risas.

Brindis.

Parejas tomadas de la mano.

Familias celebrando.

Se sentó en la acera de enfrente.

No porque sintiera envidia.

Sino porque quería recordar aquella imagen.

Pensó que era hermosa.

Levantó la cámara.

Tomó la fotografía.

Después bajó el aparato.

Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera detenerlas.

El hombre del espejo se sentó junto a él.

No dijo nada.

Aquella noche tampoco hacía falta.

Los dos permanecieron mirando el cielo durante largo rato.

—¿Sigues creyendo que alguien puede quererte? —preguntó finalmente.

El dibujante tardó mucho en responder.

Miró las estrellas.

Respiró profundo.

Y sonrió con una dulzura que sorprendió incluso al reflejo.

—No lo sé.

Pero todavía quiero creer que existe alguien capaz de mirar el mundo como yo lo miro.

Los cinco rollos terminaron de llenarse exactamente ciento ochenta y tres días después de abandonar la ciudad.

El dibujante los sostuvo entre las manos con el mismo cuidado con el que otros sostienen una carta escrita por alguien que aman.

Aquellas pequeñas cajas contenían bosques.

Montañas.

Cielos.

Lágrimas.

Estrellas.

Cafés.

Carreteras.

Y casi medio año de una vida que ya nunca volvería a repetirse.

Mientras preguntaba por un lugar donde pudieran revelar fotografías analógicas, un anciano señaló una pequeña tienda al final de la calle.

—La muchacha que trabaja allí todavía revela rollos.

Dicen que es de las pocas personas que siguen creyendo que las fotografías deben tocarse con las manos.

El dibujante levantó la vista.

Guardó cuidadosamente los cinco rollos dentro de su mochila.

Y caminó hacia aquella pequeña tienda...

Sin imaginar que, detrás de aquella puerta, el viaje estaba a punto de cambiar para siempre.

IV

Habían transcurrido casi seis meses desde que abandonó la ciudad donde una vez creyó que cumpliría todos sus sueños.

Para entonces el mundo ya no era el mismo.

O quizá eran sus ojos.

Las montañas seguían levantándose hacia el cielo.

Los árboles continuaban bailando con el viento.

Las personas seguían sonriendo unas a otras al caminar.

Pero sobre todas las cosas parecía haberse extendido un velo.

Delgado.

Silencioso.

Persistente.

Como si alguien hubiese colocado un cristal empañado entre sus ojos y el resto del universo.

A veces levantaba la mano creyendo que la lluvia comenzaba a caer.

No era lluvia.

Era su vista apagándose.

Los colores ya no tenían la misma fuerza.

Los rostros comenzaban a mezclarse unos con otros.

Las letras en todas partes parecían escapar antes de que pudiera leerlas completas.

Sólo existía una certeza.

Todavía podía distinguir la belleza.

Y eso, para alguien que había vivido dibujándola toda la vida, era suficiente

para seguir caminando.

Aquella mañana encontró la pequeña tienda.

Un viejo aviso de madera colgaba sobre la puerta.

Las letras estaban desgastadas por los años.

Apenas consiguió leer una palabra.

Fotografía.

Empujó la puerta.

Una campana anunció su llegada.

Detrás del mostrador una muchacha levantó la vista.

Era joven.

Llevaba el cabello suelto y caía en sus hombros.

Las mangas del suéter estaban manchadas por químicos de revelado.

Sobre la punta de la nariz descansaban unas gafas transparentes.

Y sonreía con esa tranquilidad que sólo tienen quienes todavía aman un oficio antiguo.

El dibujante pensó una sola cosa.

"Qué hermoso rostro..."

No era únicamente bonita.

Había algo profundamente sereno en su forma de mirar.

Como si hubiera aprendido a escuchar incluso antes de hablar.

Él permaneció inmóvil unos segundos.

No porque sintiera miedo.

Sino porque deseó que aquella imagen fuera una de las últimas

capaces de conservar sus ojos.

Sacó los cinco rollos.

Los acomodó sobre el mostrador.

—¿Podrías revelarlos?

Ella los tomó con un cuidado casi reverencial.

Como si entendiera que dentro de aquellas pequeñas cajas alguien

hubiera guardado algo más importante que fotografías.

—Claro.

Estarán listos en dos días.

Él pagó.

Tardó varios segundos en distinguir los billetes.

Confundió dos monedas.

Volvió a pedir disculpas.

Ella sonrió.

No hizo ningún comentario.

Sólo acomodó el dinero.

Y le deseó una buena tarde.

El dibujante salió.

No volvió la cabeza.

Pero durante varias cuadras siguió recordando aquel rostro.

No sabía por qué.

Quizá porque ya comenzaba a olvidar demasiados.

Aquella noche alquiló una pequeña habitación en una pensión cercana.

Dormía poco.

Las migrañas seguían apareciendo como tormentas imposibles de predecir.

A veces despertaba creyendo que alguien golpeaba la puerta.

Era únicamente el dolor latiendo detrás de los ojos.

Mientras tanto...

En la pequeña tienda...

La muchacha comenzó el revelado.

El primer rollo apareció sobre el papel fotográfico.

Un amanecer.

Después un bosque.

Luego un anciano sonriendo mientras alimentaba palomas.

Una mujer cantando en un escenario.

La joven sonrió.

Continuó trabajando.

El segundo rollo era todavía más hermoso.

Campos interminables.

Carreteras vacías.

Pequeños cafés.

Montañas cubiertas por niebla.

Personas desconocidas riendo como si jamás hubieran notado la cámara.

No eran fotografías técnicas.

Eran profundamente humanas.

Parecía que aquel hombre fotografiaba aquello que el resto del mundo olvidaba mirar.

Cuando comenzó el tercer rollo tuvo que detenerse unos minutos.

Había una fotografía de dos ancianos tomados de la mano contemplando un lago.

La composición era imperfecta.

La luz tampoco era perfecta.

Pero la emoción...

La emoción era devastadora.

La muchacha sintió un nudo en la garganta.

Continuó.

El cuarto rollo terminó por romperla.

Había noches.

Estrellas.

Sombras.

Calles vacías.

Un perro durmiendo frente a una iglesia.

Una taza de café abandonada.

Era como leer el diario de alguien incapaz de escribir con palabras.

Y entonces apareció el quinto.

Algo había cambiado.

Las fotografías ya no eran tan precisas.

Los horizontes comenzaban a inclinarse.

Las personas aparecían ligeramente desenfocadas.

La luz parecía escaparse de cada imagen.

No era un error técnico.

Era otra cosa.

Como si quien sostenía la cámara estuviera perdiendo la capacidad de encontrar el mundo.

Entonces llegó la última fotografía.

Ella permaneció inmóvil.

Era el propio dibujante.

Sentado completamente solo sobre un banco.

Sonreía.

Miraba hacia su derecha.

Como si alguien acabara de contarle el mejor chiste del universo.

Pero allí...

No había nadie.

La muchacha observó aquella imagen durante largos minutos.

No conseguía entenderla.

¿Quién había tomado la fotografía?

¿Con quién reía aquel hombre?

¿Por qué su expresión transmitía tanta paz y tanta tristeza al mismo tiempo?

Guardó todas las copias cuidadosamente.

Aquella noche no pudo dormir.

Sin darse cuenta comenzó a ordenar las fotografías por ciudades.

Después por paisajes.

Más tarde intentó reconstruir el recorrido completo.

Sobre el suelo de su apartamento nació un mapa improvisado.

Era posible seguir la ruta de aquel desconocido únicamente observando sus imágenes.

Era como caminar junto a él.

Como conocerlo sin haber pronunciado una sola conversación.

Y, sin saber cuándo ocurrió...

Terminó llorando.

No por tristeza.

Sino porque comprendió algo muy sencillo.

Aquel hombre estaba despidiéndose del mundo.

Dos días después la campana volvió a sonar.

Ella levantó la cabeza inmediatamente.

Era él.

Parecía más cansado.

Las ojeras eran profundas.

Los lentes oscuros ocultaban unos ojos que luchaban por permanecer abiertos.

Caminaba con cierta inseguridad.

Como si cada paso necesitara ser pensado dos veces.

Ella colocó el sobre sobre el mostrador.

Él tomó la primera fotografía.

La acercó.

Tardó varios segundos en enfocarla.

Después sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Silenciosa.

De esas que nacen cuando uno vuelve a encontrar un viejo recuerdo.

—Quedaron hermosas...

murmuró.

Ella no pudo contener la pregunta.

—¿Por qué las tomaste?

Él guardó silencio.

Después respiró profundamente.

—Porque muy pronto dejaré de verlas.

La muchacha sintió que el pecho se le detenía.

Él continuó hablando con calma y resignacion.

Le contó sobre la enfermedad.

Sobre el viaje.

Sobre la libreta.

Sobre el dibujo.

Sobre las migrañas.

Sobre los días en que el dolor era tan fuerte que olvidaba incluso su propio nombre.

Y, por primera vez en muchísimo tiempo...

Alguien no sintió lástima.

Sólo quiso seguir escuchándolo.

Aquella conversación y aquellos detalles

terminaron convirtiéndose en un café.

Después en un almuerzo.

Luego en una caminata.

Ella le habló de la tienda.

De cómo cada año revelaba menos rollos.

De cómo la fotografía analógica estaba muriendo.

De las cuentas que apenas conseguía pagar.

De su sueño de abandonar la ciudad y vivir algún día entre árboles, donde el tiempo volviera a caminar despacio.

Él sonrió.

—Yo nací en un lugar así.

Durante las siguientes semanas comenzaron a compartir los días sin proponérselo.

Ella notaba que él caminaba demasiado despacio.

Que a veces tropezaba con pequeños escalones.

Que confundía las monedas.

Que acercaba muchísimo los libros al rostro.

Que fingía leer carteles que ya no alcanzaba a distinguir.

Y él descubrió que ella siempre disminuía el paso sin hacerlo evidente.

Que describía los paisajes cuando caminaban.

Que jamás corregía sus errores.

Que cuando él tropezaba... simplemente le ofrecía el brazo.

Sin preguntas.

Sin compasión.

Sólo compañía.

Una noche, mientras regresaban después de

acompañarla en la tienda, ella rompió el silencio.

—¿Quieres venir mañana a mi apartamento?

Te invito a cenar.

El dibujante aceptó.

Esa noche regresó caminando despacio hasta la pequeña pensión.

Las migrañas parecían haberse quedado dormidas por unas horas.

No porque hubieran desaparecido.

Sino porque, por primera vez en muchísimo tiempo, había algo

más fuerte ocupando su cabeza.

Ella.

Subió las escaleras sujetándose del pasamanos.

Cada peldaño aparecía ligeramente borroso.

Entró a la habitación.

Cerró la puerta.

Después caminó hasta el espejo.

Se quitó los lentes oscuros.

Sus pupilas tardaron varios segundos en acostumbrarse a la escasa luz.

Entonces apareció.

Como todas las noches.

El hombre del espejo no imitó sus movimientos.

Permaneció inmóvil.

Observándolo.

Con esa expresión dura que el dibujante conocía demasiado bien.

—Así que ahora quieres enamorarte.

El dibujante no respondió.

Abrió su mochila buscando las gotas para

los ojos las unicas que eligio utilizar.

Sus manos temblaban.

—¿De verdad piensas arrastrarla contigo?

Silencio.

—Mírate.

Cada día ves menos.

Cada día tropiezas más.

Cada día olvidas un rostro nuevo.

¿También quieres que ella tenga que aprender a sostenerte?

El dibujante apretó el pequeño frasco con tanta fuerza que sus nudillos comenzaron a ponerse blancos.

—Ella todavía sueña.

Todavía tiene una vida por delante.

¿Por qué tendría que cargar con un artista fracasado que se está rompiendo pedazo por pedazo?

El tono comenzó a subir y bajar con violencia.

Intentó ignorarlo.

No pudo.

—Serás un estorbo.

Una carga.

Una obligación.

No un amor.

El dibujante golpeó el lavabo con ambas manos.

Su respiración se quebró.

Y por primera vez en todo el viaje levantó la voz.

—¡¿Entonces qué quieres que haga?!

El cuarto quedó completamente en silencio.

—¡¿Que me lance desde una montaña para que por fin te calles?!

Su voz temblaba.

Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera detenerlas.

—¡¿Eso quieres?!

¡¿Que desaparezca?!

¡¿Que deje de intentar vivir?!

El reflejo permaneció en silencio.

El dibujante cayó de rodillas.

Como un niño agotado.

Como alguien que llevaba demasiados años sosteniendo un peso.

—No...

susurró entre sollozos.

No quiero morirme...

Sólo...

Sólo quiero verla un poco más.

Quiero recordar su sonrisa.

Quiero escucharla hablar.

Quiero caminar con ella mientras todavía pueda distinguir su rostro...

Porque quizás mañana...

Quizás dentro de un mes...

Quizás esta sea la última vez que mis ojos sean capaces de encontrar algo tan hermoso...

El silencio llenó la habitación.

Entonces ocurrió algo extraño.

El hombre del espejo dejó de sonreír.

Toda aquella sombra que durante años había ocupado su figura

comenzó a extenderse por el cuarto.

Del techo.

De las paredes.

Del suelo.

Miles de voces nacieron dentro de aquella oscuridad.

—Escóndete...

—No sirves...

—Nunca serás suficiente...

—Siempre estorbarás...

—Nadie puede quererte...

El dibujante cerró los ojos con fuerza.

Las voces crecían.

Lo rodeaban.

Lo aplastaban.

Hasta que, entre todas ellas...

Escuchó una completamente distinta.

Una voz pequeña.

Casi asustada.

—...¿Quieres que me vaya?

El dibujante abrió los ojos.

Las lágrimas seguían cayendo.

Miró directamente al hombre del espejo.

Y negó con la cabeza.

—No...

Lo único que quiero...

es que me entiendas.

La habitación entera quedó inmóvil.

El reflejo dio un paso hacia adelante.

Después otro.

Hasta atravesar el cristal.

Se detuvo frente al dibujante.

Ya no tenía el rostro lleno de rabia.

Sólo de un cansancio inmenso.

Como el de alguien que había pasado demasiados años

intentando protegerlo de la única forma que conocía.

Entonces lo abrazó.

En ese mismo instante una luz inmensa estalló alrededor de ambos.

Tan intensa que el dibujante tuvo que cerrar los ojos.

Cuando volvió a abrirlos...

Por un brevísimo instante...

El mundo recuperó toda su claridad.

Pudo distinguir cada grieta de la pared.

Cada fotografía sobre la mesa.

Cada estrella detrás de la ventana.

Y el rostro de aquel hombre...

Que ya no parecía un monstruo.

Se parecía demasiado a él.

El reflejo sonrió por primera vez.

Una sonrisa casi orgullosa.

Y antes de desaparecer entre aquella claridad, susurró con una dulzura que el dibujante jamás creyó escuchar de sí mismo.

—¿Ves?

No eras tan horrible como llevabas años creyendo.

Sólo necesitabas que alguien mirara tu corazón antes que tus heridas.

Y por primera vez desde que el espejo había comenzado a hablarle...

El dibujante dejó de sentirse completamente solo.

V

El dibujante despertó con el murmullo de la ciudad

entrando por la ventana de la pequeña pensión.

Abrió los ojos.

La luz seguía allí.

Pero apenas conseguía atravesar aquella espesa

neblina que desde hacía semanas cubría su mirada.

Todo parecía existir detrás de un velo blanco.

Las paredes.

La ventana.

La silla.

Su propia mochila.

Respiró profundamente.

La conversación de la noche anterior seguía latiendo dentro de él.

El hombre del espejo había desaparecido.

No escuchó ninguna crítica.

Ningún reproche.

Ninguna voz recordándole sus fracasos.

El silencio ya no era un enemigo.

Era descanso.

Se incorporó despacio.

Las migrañas todavía habitaban detrás de los ojos, aunque parecían menos feroces.

Se vistió con calma.

Al salir encontró un pequeño puesto de flores.

No conseguía distinguir los colores.

Las formas apenas eran manchas suaves moviéndose frente a él.

Sonrió con cierta vergüenza.

—¿Cuál cree que alegraría más una cena?

La anciana que atendía el puesto lo observó durante unos segundos.

Después eligió un pequeño ramo.

—Llévale estas.

Siempre consiguen sonrisas.

Él pagó.

Ya quedaban muy pocas monedas en su bolsillo.

Prácticamente todo el dinero reunido durante años había desaparecido entre carreteras, cafés, pensiones y rollos fotográficos.

Ya no le preocupaba.

Había aprendido que la fortuna llega justo cuando

uno deja de contar lo que pierde.

Pasó el resto de la tarde sentado en una cafetería frente al edificio.

Temía no distinguir bien las calles cuando oscureciera.

Prefería llegar demasiado temprano antes que no llegar.

Mientras sostenía la taza entre las manos escuchó una voz conocida.

—¿Listo?

El dibujante sonrió.

No giró la cabeza.

—Eso creo.

El hombre del espejo ocupó la silla frente a él.

Esta vez no había rabia en su mirada.

Sólo una paz extraña.

Cuando cayó la noche el dibujante subió las escaleras.

Golpeó la puerta.

Nadie respondió.

Esperó.

Los minutos comenzaron a convertirse en horas.

Se sentó junto a la entrada abrazando el pequeño ramo.

El edificio fue quedándose en silencio.

Cuando casi creyó que había confundido el día...

Escuchó pasos apresurados.

—¡Perdón!

La voz llegó antes que ella.

—¡Se me pasó completamente el tiempo!

La muchacha apareció cargando dos enormes cajas llenas de papel fotográfico y rollos.

El dibujante sonrió inmediatamente.

Como pudo tomó una de las cajas.

Entraron riendo.

El apartamento era pequeño.

Acogedor.

Había plantas junto a las ventanas.

Fotografías antiguas colgadas en las paredes.

Una radio vieja sonando muy bajito.

Y ese extraño calor que sólo poseen los lugares donde alguien vive feliz.

Compartieron la cena.

Hablaron durante horas.

Escucharon música.

Rieron.

Recordaron historias de infancia.

Él le habló del río donde aprendió a dibujar.

Ella de los campos donde soñaba vivir algún día.

Cuando la madrugada comenzó a asomarse detrás de los edificios, ella rompió el silencio.

—Quédate.

No es seguro que vuelvas solo.

El dibujante aceptó.

Salieron al pequeño balcón.

La ciudad parecía dormir.

—¿Cerrarás la tienda? —preguntó él.

Ella bajó la mirada.

—Algún día.

Cada año entra menos gente.

La fotografía analógica ya casi no interesa.

Mi sueño sigue siendo el mismo.

Vivir en el campo.

Pero los sueños también cuestan dinero.

El dibujante permaneció unos segundos pensando.

—¿Y si trabajamos juntos?

Ella lo miró confundida.

—Puedo ayudarte.

Repartir publicidad.

Hablar con clientes.

Dibujar carteles.

Organizar exposiciones.

Lo que haga falta.

Ahorramos.

Y cuando llegue el momento...

Nos vamos.

Ella permaneció en silencio.

Después preguntó con una dulzura inmensa.

—¿Y tú?

¿Aceptarías tratarte?

No sólo las gotas.

Todo lo que puedas.

No quiero verte desaparecer antes de tiempo.

El dibujante bajó la cabeza.

Por primera vez...

Tenía un motivo para intentarlo.

—Sí.

Respondió casi en un susurro.

Sí quiero.

Ella extendió la mano.

Él la estrechó.

Aquel fue el único trato que necesitaron.

Él llegaba antes de que la tienda abriera.

Barría la entrada.

Regaba las plantas, aunque algunas veces terminaba mojando el suelo más de la cuenta. Ella fingía no darse cuenta.

Simplemente sonreía y volvía a llenar la regadera.

Con el paso de los días comenzó a dibujar pequeños letreros para el escaparate.

"No revelamos fotografías. Revelamos recuerdos."

Los clientes empezaron a detenerse únicamente para leerlos.

Muchos terminaban entrando.

Otros regresaban días después llevando

cajas llenas de negativos olvidados durante años.

Poco a poco la tienda volvió a llenarse

de voces, de carretes, de fotografías tendidas a secar

y de personas dispuestas a rescatar un pedazo de su pasado.

Volvió a parecer un lugar donde todavía era posible detener el tiempo.

Cada vez que terminaba un nuevo dibujo, se lo entregaba a ella.

Él ya no conseguía distinguir con claridad los pequeños detalles.

Ella lo observaba en silencio durante unos segundos.

Después sonreía.

—Este también merece estar en el escaparate.

Aquella sonrisa era suficiente.

No necesitaba ver el dibujo para saber que había quedado bien.

Con el tiempo, ella comenzó a describirle las fotografías que los clientes llevaban a revelar.

Él las escuchaba con los ojos cerrados.

Como si cada palabra volviera a pintar el mundo dentro de su cabeza.

Cada mañana ella insistía en acompañarlo al hospital.

Él respondía que podía ir solo.

Ella nunca aceptaba aquella respuesta.

Esperaba en la sala de espera leyendo cualquier libro mientras él salía de las consultas con una mezcla de alivio y decepción.

Los médicos repetían casi siempre la misma frase.

La enfermedad seguía allí.

No avanzaba con la misma rapidez.

Eso ya era una pequeña victoria.

Él aprendió que algunas batallas no consisten en ganar.

Sino en levantarse cada mañana y decidir seguir luchando un día más.

Nunca hablaron de amor.

Ni una sola vez.

Ella ya sabía exactamente cómo preparaba el café.

Él aprendió a distinguir sus pasos incluso antes de escuchar su voz.

Cuando ella revelaba fotografías durante horas, él se sentaba en silencio a dibujar junto al mostrador.

No necesitaban conversar.

Habían descubierto esa extraña tranquilidad que sólo aparece cuando dos personas dejan de esforzarse por llenar cada silencio.

Sin darse cuenta, el hogar que ambos llevaban años buscando había comenzado a construirse entre aquellas paredes.

Las semanas comenzaron a convertirse en meses.

El tratamiento no hizo milagros.

La visión jamás regresó.

Pero consiguió detener el avance de la oscuridad.

Las migrañas seguían visitándolo.

Aunque ahora siempre había alguien esperando con una taza de café cuando terminaban.

El negocio también comenzó a cambiar.

Las ilustraciones del dibujante llenaron las paredes.

Las personas regresaban.

Preguntaban por él.

Compraban fotografías.

Compraban dibujos.

Compraban historias.

Y, por primera vez...

El arte dejó de sentirse solo.

Una tarde decidió salir a caminar.

El hombre del espejo apareció junto a él.

—¿Qué tal va todo?

El dibujante sonrió.

—Tengo un poco de todo.

Dolor.

Esperanza.

Trabajo.

Y una paz que jamás había conocido.

El reflejo caminó unos metros más.

—¿Y ese amor que soñabas?

El dibujante permaneció mirando el horizonte blanco que apenas alcanzaba a distinguir.

—Creo que todavía no ha terminado de llegar.

Pero me gustaría invitarla a conocer el lugar donde empezó mi historia.

El hombre del espejo sonrió.

Sin burlas.

Sin ironía.

—Buen viaje.

Fue la última vez que hablaron.

Al regresar a la tienda el dibujante dejó dos boletos sobre el mostrador.

Ella levantó la vista.

—¿Qué es esto?

Él sonrió.

—Mi pueblo.

¿Quieres conocerlo?

Ella respondió antes de terminar de leerlos.

—Sí.

Aquella noche antes de salir de viaje cerraron la tienda más tarde de lo habitual.

Mientras acomodaban las últimas fotografías, ella encontró un retrato que él había tomado durante el viaje.

Era un banco vacío mirando hacia un lago.

—¿Por qué fotografiaste esto?

Él tardó unos segundos en responder.

—Porque pensé que algún día alguien se sentaría conmigo ahí.

Ella no dijo nada.

Simplemente tomó la fotografía y la colocó detrás del mostrador.

Desde ese día nunca volvió a quitarla.

El viaje duró dos días.

Cuando finalmente llegaron, el aire olía a tierra húmeda y a árboles antiguos.

Caminaron despacio.

Él conocía cada sendero de memoria.

Aunque ya casi no pudiera verlo.

Ella permanecía abrazando su brazo.

Como si llevara años haciéndolo.

Al llegar frente al viejo río donde había hecho sus primeros dibujos...

Ella notó que él se había detenido.

—¿Estás bien?

El dibujante respiró profundamente.

Después sonrió.

Una sonrisa tranquila.

Sin tristeza.

—Lo vi todo...

Vi cosas hermosas.

Vi otras que me rompieron por dentro.

Lloré muchas noches.

Le pedí al mundo desaparecer más veces de las que puedo recordar.

Después mis ojos comenzaron a apagarse.

Y pensé que era el final.

Pero sólo era el comienzo del camino que me trajo hasta ti.

Guardé tu rostro aquí...

dijo llevándose lentamente una mano al pecho.

Porque hace unos días...

Perdí la última claridad que me quedaba.

La muchacha sintió un nudo inmenso en la garganta.

Él levantó ambas manos.

Buscó su rostro con infinita delicadeza.

Las yemas de sus dedos recorrieron su frente.

Sus mejillas.

La curva de su sonrisa.

Como quien intenta leer el recuerdo más importante de toda una vida.

Después la abrazó.

Muy despacio.

Y apoyando la frente sobre la de ella, casi en un susurro, dijo:

—Gracias...

Por darle luz a mi oscuridad.

Y por primera vez desde que comenzó a perder la vista...

El dibujante comprendió que hay personas que no necesitan ser vistas para iluminar una vida entera.

Nicolas Olarte

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