Creo entender
el por qué de la oscuridad que te sucede
adiestrada al ojo ajeno
pero no a la mano extendida
de la piedad
una soberbia famélica
que no cumple su propósito
en mí.
Por debajo del velo
la incandescencia de tu rostro
despierta en mi pecho el desahucio
de reconocerme humana.
Conjuro tus apariciones
cada noche, una vela encendida,
un vistazo al espejo,
tu cuerpo se convierte en el mío
y en aquel encuentro
flagelados, los dos,
entiendo la curiosidad de los hombres
que crearon un creador
entiendo por qué la gente espera algo externo
que se alimente de su dolor
entiendo a los poetas y a quienes les huyen a las palabras.
La mano extendida en ayuda,
la brisa entrando por la puerta,
el abrazo de madrugada
o aquello que se oculta en la belleza,
bien ambos podríamos serlo.
Mis vestidos se enraízan
entre tus piernas
tu imagen se hace carne
en mi cuerpo.
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