Hace dos días volví a visitar ese pequeño restaurante donde pasé bastantes tardes de mi infancia; no pude evitar sentir un poco de pena y nostalgia. Fue como un pequeño golpe de realidad: ya nada se veía igual, las decoraciones, las mesas, los meseros. Había perdido su toque asiático tan característico: el gatito saludando, los calendarios en mandarín.
Me hizo reflexionar, darme cuenta de que a veces tenemos que cambiar para poder encajar, volvernos un poco genéricos; es algo triste saber que en algún punto perdemos nuestra originalidad, cayendo en lo básico, alejándonos de nosotros mismos, dándonos cuenta de que, a veces, nos toca madurar abruptamente, crecer y volar de aquello que nos mantenía inocentes, eso que nos hacía especiales.
Tal vez es una apología: cómo un antiguo restaurante modernizado y despojado de sus vivencias, nos hace recordar que la adultez a veces nos hace cambiar radicalmente el cómo somos.
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