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Rest in ease, Ozzy.

Gonzalo

Jul 22, 2025

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Rest in ease, Ozzy.
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Hoy el mundo es un lugar un poco más silencioso. Murió Ozzy Osbourne, y con él se apaga una de las voces más salvajes, viscerales y humanas que el rock haya conocido. No hay muchas formas de decir esto sin que suene absurdo: se murió el hombre que mordía murciélagos en el escenario, pero también el que nos enseñó que la oscuridad podía ser hermosa, que la locura podía ser arte, que el dolor podía volverse himno.

Ozzy no fue solo el líder de Black Sabbath, no fue solo el Príncipe de las Tinieblas. Fue un sobreviviente. De su propia leyenda, de sus excesos, de los 70, de los 80, de los 90… y de sí mismo. Cada vez que parecía que la muerte lo rondaba, Ozzy respondía con un nuevo disco, una gira imposible, o simplemente con una carcajada áspera, como desafiando al destino. Su vida fue una resistencia a todo lo que debía haberlo destruido.

Pero hoy no. Hoy la noticia es cierta.

Y, sin embargo, ¿cómo se despide a alguien que parecía eterno? ¿Cómo se llora a una criatura que vivía al borde del mito, que había visto el infierno y vuelto para contarlo con riffs pesados y letras que nos hablaban de locura, redención, miedo y amor?

Hay una generación —y tal vez más de una— que encontró en Ozzy un espejo distorsionado, pero profundamente honesto. No el héroe perfecto, sino el antihéroe lleno de cicatrices. Quien escuchó Paranoid en la adolescencia sabe que esa canción no era solo un clásico: era una confesión brutal. Crazy Train fue grito y motor. No More Tears era una advertencia y una promesa. Y Dreamer… bueno, Dreamer fue esa extraña ternura que asomaba cuando nadie la esperaba.

Ozzy hizo del exceso una estética, del caos un idioma, de su voz quebrada una forma de resistencia emocional. Y por eso hoy lo lloramos. No por su imagen, no por su figura pública, no por el show. Lo lloramos porque, de algún modo, Ozzy nos salvó a todos un poquito.

Nos salvó cuando necesitábamos ruido en medio del silencio.
Cuando necesitábamos furia en medio de la resignación.
Cuando necesitábamos saber que el dolor también podía tener volumen, bajo y batería.

Los escenarios lo extrañarán. El rock lo extrañará. Pero más que nada, lo va a extrañar esa parte de nosotros que encontró consuelo en su locura. Porque Ozzy nunca se disfrazó de normalidad. Y en un mundo cada vez más limpio, predecible, medido y correcto, él era el grito sucio y verdadero que nos recordaba que estábamos vivos.

Descansá, Ozzy. Y gracias por todo el ruido.

Gonzalo

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