Desde el día en que falleció, pregunté al cielo durante miles de noches, intentando comprender. ¿Por qué? ¿Qué habíamos hecho mal como para que no nos pudiera perdonar? ¿Cuántas veces habrá sufrido en silencio? ¿Qué le hicimos como para que no quiera ni decir adiós? Y a veces rogaba que, ahora que no estaba, pudiera encontrar en su corazón el perdón. ¿Podía descansar en paz si no podía deshacerse del dolor?
En vida, le pregunté muchas veces si me odiaba, si estaba enojado conmigo, porque su mirada nunca se suavizaba, nunca nos amaba ni nos miraba con afecto. Yo lo decía en broma, a veces un poco en serio, y él siempre, siempre pausaba antes de responder que no, no me odiaba.
Algunos silencios son una respuesta, el tiempo es la voz que vislumbra la verdad. Pero hay respuestas que necesitamos tener, tarde o temprano, para obtener algo de paz mental. Yo me aferraba a sus palabras, le creía todo lo que nos decía, ignorando aquellas pausas traicioneras que decían más de lo que él quería. Su imprudencia igual pasaba desapercibida, porque era más mí desesperación por una respuesta positiva, que por una respuesta sincera. Y sus respuestas sinceras siempre estuvieron ahí, a simple vista.
Nos odiaba. Y nos odió hasta sus últimos momentos. Nos odió tanto que termino odiando al mundo entero, y decidió quitarse la vida por ello. ¿Encontraría el perdón alguna vez? No me interesaba ser perdonada por mí propia alma, algo seguro habría hecho para ganarme su rencor, pero me preocupaba que no pudiera seguir adelante, que mis errores lo atormentaran incluso en su vida más allá de la muerte.
If you liked this post, consider buying the writer a coffee
Buy a coffeeOur picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.

Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in