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Reseña “¡Qué viva la música!”, de Andrés Caicedo

Mey

Feb 18, 2026

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Reseña “¡Qué viva la música!”, de Andrés Caicedo
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El 4 de marzo de 1977 el prolífico escritor caleño Andrés Caicedo se suicidó a los 26 años después de recibir una copia de su novela, “¡Qué viva la música!”, impregnando aún más misticismo a su vida y obra, que está compuesta de guiones, obras de teatro, crítica literaria y de cine, cuentos y, por supuesto, novela. Aunque en su momento el escritor y su arte no habían tenido tan amplia difusión más allá de los círculos artísticos de Cali, Bogotá o Medellín, hoy en día Caicedo es reconocido como uno de los escritores más completos y talentosos que ha tenido Colombia, y sus textos son considerados de culto por muchos. Incluso, me animo a afirmar que, junto a “La Vorágine” y “Cien años de soledad”, “¡Qué viva la música!” es de las obras esenciales para comprender la literatura colombiana en el S.XX por las amplias temáticas que aborda, incluyendo la vida bohemia en las noches caleñas, la rumba, la droga, la locura británica de los Rolling Stones y el frenesí caribeño de Ricardo Ray y Bobby Cruz, la burguesía enfrentada al pueblo, y una entrega total a las pasiones y los excesos, que son narradas con el argot particular de los que frecuentaban las calles de Cali en esa época turbulenta que fueron los años setenta.

 

Aunque corta, la vida de Andrés Caicedo fue frenética y estuvo marcada por el arte: además de ser un cuentista espectacular, era un ávido lector de Allan Poe y, sobre todo, un melómano obsesionado con el cine, algo que se ve a lo largo de su obra con referencias en sus textos de ficción y con acertadas críticas en la revista Ojo al cine, además de la labor cultural que adelantó con el cineclub de Cali –en el que participaron artistas como Luis Ospina, Carlos Mayolo o “la rata” Carvajal–. En todo caso, Caicedo era un artista en todo el sentido de la palabra, y en “¡Qué viva la música!” termina de madurar ideas y formas narrativas que venía cultivando en sus cuentos y presenta una novela transgresora, atrevida y que no se guarda nada en contra de esa élite caleña que hablaba perfectamente el inglés, que se reunía en clubes campestres y que prefería el rock gringo mientras renegaba de la salsa, pues en ella veía la música de la muchedumbre.

 

La historia es narrada en primera persona por María del Carmen Huerta, “la mona”, una niña bien que aunque se reunía ocasionalmente con compañeros marxistas para estudiar El Capital o con Ricardito “el miserable”, prefería frecuentarse con otras niñas bien y asistir a fiestas en las que se escuchaban los últimos discos de los Stones o Eric Clapton. La mona, aunque era de una familia acomodada, no sabía hablar inglés, y eso representaba un problema en su relación con los demás niños bien de las fiestas: era inconcebible que alguien de su nivel no estuviera al tanto de la música que dominaba la escena en Inglaterra o Estados Unidos. Por eso, en vez de admitir su desconocimiento de la lengua, la mona prefería llevar al Miserable para que le tradujera las canciones en el momento en que se reunían a escucharlas y así no ser rechazada por personas como Mariángela, una chica a la que la mona admiraba por la facilidad en la que se movía por estos círculos. Este asunto del inglés y el rock será importante para la historia porque esencialmente muestra estatus, capital cultural, si se quiere. Esa barrera del lenguaje representa, claramente, una barrera entre clases.

 

La dinámica en esta primera parte de la historia se basa en ver los intentos de la mona por encajar en los “parches” de la alta sociedad caleña, empezando a vivir cada vez más en la rumba, probando drogas que son la sensación entre los hippies gringos, su relación con Ricardito –a quien muchos lectores consideran una representación del mismo Caicedo– y después sus amores con Leopoldo Brooks, un guitarrista que le enseña más música en inglés. Sin embargo, todo cambia cuando la mona después de deambular una noche por toda la ciudad, la melodía de los cueros, las cuerdas y los pianos la atrajo cada vez más al sur. La mona descubrió en esta rumba en un barrio popular los sonidos bestiales de la salsa y, sin saberlo, se dejó ir, siendo aceptada sin mucho lío por los demás rumberos de la noche. Tomó aguardiente y comía carne de diablo, escuchó y bailó a Richie Ray y Bobby Cruz, renegó del imperialismo yanki y así iniciaron sus nuevos días como una salsera empedernida entregada a la noche, viviendo bajo la filosofía de: mientras el mundo se derrumba, enrúmbate y “No dejes de ser niño… nunca te vuelvas persona seria… recoge tu hogar en el daño, el exceso y la tembladera”.

 

Dejando atrás esa vida de la alta sociedad, abandona el Norte de la ciudad y la avenida Sexta, el parque Versalles, y se adentra en el caótico sur acercándose a Pance o la calle 15. La mona se dedica a la rumba, se empieza a juntar con Rubén Paces, un fanático perdido del dúo Ray – Cruz y después con Bárbaro, un muchacho del sur, cerca de la montaña, que se dedica a robar a los turistas que van a consumir hongos alucinógenos. Después de una serie de problemas con el Bárbaro, la mona se encuentra perdida: ya no tiene nada en el sur pero se niega a regresar al norte, por lo que se dirige al este de Cali, una zona comercial y proletaria de la ciudad, y termina prostituyéndose a pesar de que sus papás siguen enviándole dinero para mantenerse: “no tenía yo por qué vivir en otra parte sino aquí donde está mi esfuerzo, mi rumba, la tierra que quiero yo”. Finalmente, la mona deja clara su filosofía de vida y aconseja a los lectores en cuanto a la vida, las responsabilidades y, por supuesto, la muerte, siendo algo así como un presagio del final que tuvo Caicedo.

 

Esta novela es, sin duda, un imprescindible de la literatura colombiana. Caicedo nos regala un testimonio de las clases sociales, la música, la rumba y del ambiente que embriagó a las juventudes colombianas en la época.

Leticia, 12 de junio 2025.

Tomás Bernier Parodys.

 

Mey

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