Acabo de terminar El Limonero real, de Juan José Saer, después de haber leído Glosa. Quise seguir leyéndolo porque noto, que al igual que en Borges en su momento, había muchas cosas que advertí que no entendía. No es que se necesite entender todo, pero sí algunas cosas que creo que ayudan a encarar el texto de una manera más activa y que creo que finalmente hacen a una experiencia de lectura más completa. Admito que vine desde Glosa buscando algo similar en el Limonero, y si bien hay cosas parecidas, en general es muy distinto. Sí tienen en común elementos que son características de él, como por ejemplo las descripciones detalladísimas, con un lenguaje casi poético, una narración por momentos ralentizada, haciendo foco en los detalles más mínimos; la focalización en la psicología de los personajes, en cómo observan el mundo y cómo van adquiriendo su subjetividad; y por supuesto, algo que es una constante en Saer, que es la reflexión sobre el tiempo y la memoria. Pero a diferencia de Glosa, más allá de sus saltos temporales, no tiene una estructura lineal. En El limonero, la narración es lineal hasta cierto punto, y luego vuelve a comenzar, de manera cíclica. “Amanece, y ya está con los ojos abiertos” son las palabras mágicas para ubicarnos de nuevo en el principio. Cada nuevo comienzo, es narrado de manera diferente, evocando en nosotros distintas emociones dependiendo del tono elegido, agregando a cada situación distintos elementos que van generando una experiencia de lectura amplísima, que por lo menos yo disfruté un montón, y por sobre todo me hizo reflexionar sobre el impacto que pueden tener las palabras para transmitir un mensaje.
La novela narra la historia de Wenceslao y de su mujer, de la que nunca sabremos el nombre, en el día de vísperas de año nuevo. Como todas sus novelas, sucede en Santa Fe, más precisamente en Colastiné. Toda la acción propia de la historia sucede en un solo día, sin embargo entre medio, el narrador, al igual que en Glosa, hace uso de la analepsis para insertar información sobre el pasado de los personajes. La problemática en la novela, es que ella, la mujer de Wenceslao, se niega a concurrir a la casa de sus hermanas para festejar año nuevo porque está de luto por su hijo. El problema es que hace ya seis años que lleva luto, y hace seis años que no ve a sus hermanas. Wenceslao ya cansado de intentarlo, al igual que años anteriores, termina yendo solo. Todo esto está ambientado en un paisaje rural; lo que los rodea es una extensa vegetación, y con la presencia del río como un personaje más. Viven en pequeñas islas interconectadas, por lo que deben moverse en botes para ir a cualquier lugar. Para poner en contexto, si bien se pueden observar pequeños signos de ”progreso” que aparecen muy de vez en cuando, la atmósfera que me quedó es como algo borroso, un mundo isleño casi primitivo y eterno, como un sueño.
“AMANECE Y YA ESTÁ CON LOS OJOS ABIERTOS
Parece no escuchar el ladrido de los perros ni el canto agudo y largo de los gallos ni el de los pájaros reunidos en el paraíso del patio delantero que suena interminable y rico, ni a los perros de la casa, el Negro y el Chiquito, que recorren el patio inquietos, ronroneando excitados por el alba, respondiendo con ladridos secos a los llamados intermitentes de perros lejanos que vienen desde la otra orilla del río. La voz de los gallos viene de muchas direcciones. Con los ojos abiertos, echado de espaldas, las manos cruzadas flojas sobre el abdomen, Wenceslao no oye nada salvo el tumulto oscuro del sueño, que se retira de su mente como cuando una nube negra va deslizándose en el cielo y deja ver el círculo brillante de la luna; no oye nada, porque cincuenta años de oír en el amanecer la voz de los gallos, de los perros y de los pájaros, la voz de los caballos, no le permiten en el presente escuchar otra cosa que no sea el silencio.”
Alguno dirá, ¿y de eso nomás se trata? Sí señor, Saer es un escritor en donde no importa tanto qué es lo que dice, o qué es lo que cuenta: la gracia es el cómo.
“Amanece
Y ya está con los ojos abiertos”
Es la frase motor que elige Saer como un «reset» narrativo. Cada vez que la repite, como un mantra, comienza un nuevo día. Los hechos se vuelven a desarrollar pero desde un punto de vista distinto, y no hablo necesariamente de narradores, sino desde literalmente puntos de vista distintos.
Quiero contar algo muy curioso que me pasó mientras lo iba leyendo, y es que a medida que avanzaba en la novela, muchas de las escenas se iban completando espacialmente en mi cabeza; como si ir describiendo circularmente las mismas escenas desde distintos puntos, creara una suerte de escenario en capas que se completaba con oraciones. Al terminar el libro, el cuarto de Wenceslao aparecía en mi mente como si realmente hubiese estado ahí, con la pared enfrente, las alpargatas al pie de la cama, las primeras luces que se filtran por la ventana…Interminables detalles que más que enriquecer una trama, enriquecen la experiencia de lectura, y la experiencia de lectura se termina transformando en experiencia real.
En una de las veces que vuelve a comenzar el relato, y que fue la que más me descolocó, arranca a contarlo como si fuera un cuento para niños:
“Había una vez un nene que se llamaba Wenceslao. Su papito era pescador, y vivían en una casita preciosa a la orilla de un río. En ese país el río tenía muchas, pero muchas orillas, y no dos, como en otros países, porque el río era muy ancho y estaba lleno de islas en el medio.
Un día en que había mucha niebla el papito de Wenceslao llevó al nene a una de las islas ¿no? a cazar nutrias. Como no se veía nada, el nene se asustó mucho, pero después salió él solo, y volvieron a ir muchas veces a esa isla hasta que se quedaron a vivir allí. Cazaban y pescaban, y después iban al pueblo a vender lo que recogían”
Jajaj me mató. Por contraste con lo anterior, un poco te desconcierta, y el dolor de los personajes pareciera simplificarse. No es que desaparece, sino que se vuelve un elemento más de la naturaleza, como el río o el limonero. Aunque es una sencillez engañosa. Saer lo usa para tocar lo «arquetípico». Wenceslao deja de ser un isleño para ser “El Hombre”, y su mujer es “La mujer que llora”. Pero bueno, en definitiva, lo que me impactó fue notar cómo un mismo hecho puede pasar de ser una crónica naturalista a un cuento para niños.
Después, una observación personal: describe muchísimas veces a la “estela” que deja la canoa a medida que avanza, y me parece bellísimo. Lo hace tantas veces y de tantas maneras, que me veo en la obligación de transcribir un par:
“Se vestía y salía con Wenceslao a recorrer los espíneles tendidos la noche antes, y hasta media mañana iban de una orilla a la otra, remando despacio en la canoa verde que dejaba una estela débil en la superficie lisa del río, recogiendo los pescados todavía vivos que destellaban al sol y cargando en la canoa las redes y las líneas para ponerlas a secar.”
“La superficie del río estaba tan quieta que, al deslizarse, la canoa amarilla dejaba una especie de huella, una estela de surcos paralelos que apenas si se ensanchaba y que no terminaba nunca de borrarse.”
“La canoa amarilla va dejando una estela suave detrás suyo, una estela que va ensanchándose a medida que se aleja de la canoa.”
“De esa manera, la canoa avanza dejando en el agua una estela fina que se ensancha y después desaparece, y alborotando con los remos el agua que forma un penacho verdoso y transparente en la superficie, salpicando el casco amarillo.”
“La canoa verde deja una estela en el agua gris y las islas que bordean el agua se sumergen como por estratos horizontales y graduales en la masa ondulante de la llovizna.”
“La canoa verde deja una estela que se ensancha despacio hasta desaparecer, fundiéndose con la pátina tersa y resplandeciente del agua.”
“Y la canoa amarilla, sobre la que las mujeres mantienen un equilibrio difícil, va dejando una estela que apenas si turba la superficie dorada, lisa.”
Bueno, para cerrar, básicamente la recomiendo porque me parece que en estos tiempos de aceleración constante, de lecturas al tuntún para leer lo que dice y ya, creo que nos viene bien un autor que nos obligue un poco a detenernos y darnos cuenta que muchas veces lo más extraordinario está en lo más común, en lo más cotidiano, nomás hay que saber mirar.
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