—He firmado mi renuncia voluntaria al amor —dijo Soledad—.
Y mientras hablaba
parecía alguien abandonando un país en ruinas;
alguien que, después de demasiados incendios,
aprendió a no confiar ni siquiera en la luz.
—No voy a reclamar nada en el futuro.
Acepto completamente las consecuencias de mi destierro.
Lo dijo sin dramatismo.
Con esa calma peligrosa
de quienes ya lloraron todo lo posible
y ahora sólo conservan el cansancio.
Porque hay decepciones
que no rompen el corazón:
lo erosionan lentamente,
como el mar desgastando una piedra
hasta volverla incapaz de sentir el oleaje.
—Ya no amo.
Ni quiero amar a nadie más.
Entonces el silencio ocupó la habitación
como una niebla espesa.
Y por un instante
pareció verdad.
Pareció que realmente podía existir una persona
dispuesta a clausurar para siempre
la parte más vulnerable de sí misma;
cerrar las puertas,
apagar las lámparas,
dejar al amor afuera
como a un mendigo bajo la lluvia.
Pero el corazón es un territorio contradictorio.
Incluso después de la devastación
sigue conservando pequeñas costumbres de esperanza:
un temblor involuntario ante ciertas voces,
la nostalgia de unas manos,
el deseo absurdo de volver a empezar
aunque la memoria todavía sangre.
Por eso sospecho
que Soledad no había renunciado al amor.
Había renunciado únicamente
a la forma en que el amor
la había destruido.
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