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Reloj de arena

Jul 24, 2026

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Reloj de arena
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                                             RELOJ DE ARENA

Levantó la vista de la mesada para observar el paisaje congelado a través de la ventana. Luego se concentró en armar las últimas empanadas. Mientras introducía la bandeja con empanadas en el horno, en vos alta, preguntó:

-¿A qué hora te dijeron que vendrían?

-Como a la una- respondió Prudencio desde su sillón del living, sin dejar de mirar su celular.

Laura echó un vistazo al reloj de pared, y se apresuró en dejar ordenada la cocina.

-La vez anterior los noté distantes entre ellos- exclamó Laura en voz alta, secando con un repasador la bacha de la mesada.

-La verdad que no me di cuenta- dijo Prudencio, mientras guardaba su celular en uno de los bolsillos de su pantalón.

Al rato, dos sendos bocinazos retumbaron desde la calle.

Se apresuraron a salir para recibir a Lilian y Rafael que, sonrientes, se acercaron caminando por la veredita que cortaba en dos el amplio jardín. Los cuatro se saludaron con la vehemencia de quienes se conocen desde hace mucho. El almuerzo resultó ameno, salpicado de risas, comentarios superfluos y nostálgicos y comunes recuerdos. Terminaron de comer y Lilian ayudó a Lorena a levantar la mesa, lo que les dio oportunidad para hablar un rato a solas en la cocina. Prudencio y Rafael salieron al jardín para curiosear la nueva luminaria instalada en el cantero de flores perennes, ubicado a un costado del terreno. El viento helado había amainado, por lo que las mujeres se unieron a la contemplación, provocando en el jardín un alegre vocinglerío hasta que el viento, vuelto a soplar, los obligó a regresar a la casa. Durante el breve trayecto, Paula y Rafael se adelantaron hablando. Entonces Lilian, sin mirar a Prudencio, entre murmullos, preguntó:

-¿Cuándo blanqueamos?

-Tengo qué pensar cómo decírselo- respondió con otro murmullo, Prudencio.

-Decidite...Le queda poca arena en el reloj…

El resto de la tarde transcurrió entre tazas de café y risas breves. Con la llegada del ocaso, Lilian y Rafael se despidieron y, apurados por el frío, se dirigieron a su auto. Instantes después los bocinazos de despedida se hicieron eco en la tarde fría. La casa quedó de nuevo en silencio. Prudencio regresó a su sillón del living. Turbado, miraba el celular cuando la vibración de un mensaje resonó en su mano. Abrió el chat de Lorena y se encontró con un emogi en forma de reloj de arena.

Prudencio se sintió perdido. Quería mucho a Paula, pero lo que sentía por Lilian era algo casi fuera de control. Necesitaba pensar para resolverlo, y la casa no era el lugar correcto para eso.

,-¿Te pasa algo?- le preguntó Paula desde la cocina a Prudencio.

-Saldré un rato a caminar- respondió, mientras ponía a cargar su celular.

-Abrigate- le recomendó con dulzura Paula, y él se sintió un miserable.

Prudencio fue hasta su habitación a buscar su bufanda larga de doble lana, el sobretodo de paño y los guantes de interiores afelpados.

-Ya vuelvo- dijo yendo hacia la puerta.

-No te salgas de la senda- le advirtió Paula, al tiempo que Prudencio se adentraba en el frío crepuscular.

Hacía días que había dejado de nevar, y los copos, ahora endurecidos, le imprimían al paisaje un aspecto brillante y luminoso. Caminó un buen tramo por la senda marcada por la quitanieves. Turbado, pensaba y repensaba cómo decirle a Paula lo que ahora le pasaba.

-No fue adrede…sólo sucedió…- ensayaba en voz alta la endeble justificación.

Se detuvo un minuto para observar cómo el último resplandor manchaba de rojo los espacios entre las ramas peladas de la arboleda cercana al arroyo. Observó los salpicados espejos, y decidió continuar siguiendo la corriente de agua.

-Sólo sucedió… sólo sucedió-, repetía, una y otra vez, mirando el blanco del suelo.

En ese momento se percató de que cuatro sombras sigilosas lo acompañaban a la distancia. Detuvo su marcha y las sombras se detuvieron con él. Entonces observó el vapor que emanaba de sus bocas, observó sus largas y finas patas y sus cuerpos lustrosos de pelaje corto. Intentó emprender otra vez la marcha, pero las sombras lo rodearon impidiéndole el paso. En ese momento lamentó haber abandonado la senda. Al unísono, las jadeantes sombras comenzaron a rodearlo. Entonces emprendió una sorpresiva y veloz carrera, ganando varios metros entre él y los seres hambrientos.

-¡Dios me ayude!- exclamó jadeante, mientras las sombras ya casi lo alcanzaban.

Desesperado, se lanzó hacia el arroyo, que parecía dividirse en dos al chocar el agua con sus piernas mojadas. Temblando, esperó el ataque de los monstruos. En la casi oscuridad, advirtió que su única esperanza era intentar trepar el solitario roble que se divisaba cercano a la orilla.

-No me dejarán llegar a él-, murmuró desconsolado viendo cómo los monstruos se metían lentamente en el agua.

En ese instante cruzó por su mente una idea. Comenzó a patear de refilón la superficie del arroyo, lanzándoles ráfagas de agua a los monstruos, obligándolos a retroceder. Entonces emprendió una carrera desesperada en dirección al viejo árbol, mientras las sombras se lanzaban tras él.

-¡Me alcanzarán!- exclamó desesperado, mientras los gruñidos se oían cada vez más cercanos.

Llegó al árbol, y de un salto se colgó de uno de sus gajos. En ese momento sintió que sus piernas eran desgarradas a mordiscones. Despavorido, ascendió como pudo a la rama siguiente, y luego a otra, y otra más, mientras sentía cómo un líquido viscoso se desparramada entre las rajaduras de las piernas de su pantalón. Cuando se sintió a salvo, llevó al bolsillo su temblorosa mano buscando su celular, y en ese momento recordó que lo había dejado cargando en casa.

Lo hallaron al otro día, ya pasado el mediodía. Endurecido como había quedado, tuvieron que cortar varios gajos para bajarlo del árbol.

 

 

 

 

 

Roberto Dario Salica

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