Regálame una hija, decía mi deseo, no mi realidad, una hija que nazca de la parte de vos que nunca fue mía. Que respire con esa forma tuya de amar que yo apenas rozé con los dedos, como quien toca el agua sabiendo que no puede quedársela. Que herede tu ternura, sí… pero también tu ausencia, porque incluso eso fue lo que más me diste.
Quise imaginarla tantas veces que terminé creyendo que ya existía en algún rincón del tiempo, esperándonos. La veía con tus ojos, no por su color, sino por esa manera de mirar que siempre parecía saber más de lo que decía. Esos ojos donde yo me perdía, donde encontraba refugio y también condena. Porque amar así, como te amé, es un acto de fe… pero también una forma lenta de destruirse.
Y pensaba en tu sonrisa, esa que nunca fue completamente mía. Esa que regalabas al mundo con una facilidad que a mí me dolía. Porque yo la quería solo para mí, egoísta, desesperada, como se quiere lo que uno sabe que puede perder. Nuestra hija, esa que nunca existirá, la habría tenido también, y quizá habría sido más justa que yo, más libre, menos rota. Quizá habría sabido recibir lo que a mí siempre me faltó.
Pero no. No hay hija. No hay nosotros. No hay herencia posible de algo que nunca terminó de construirse.
Porque la verdad es más simple, más cruel, más seca que cualquier poesía: vos no me amás. Y todo lo demás, los ojos, la sonrisa, la hija imaginada, el futuro inventado, son apenas restos de un sueño que yo sostuve sola, como quien abraza un fantasma esperando que un día se vuelva carne.
Y entonces dejo de pedirte lo imposible. Dejo de imaginar una vida donde el amor alcanza, donde las heridas se transforman en algo bello. Porque no quiero traer a alguien a este mundo con las manos vacías de amor correspondido, con el peso de un deseo que nació desde la falta.
No voy a condenar a una hija a aprender el amor desde la ausencia.
No voy a enseñarle a mendigar lo que debería ser dado.
No voy a repetir en su sangre la historia de una mujer que amó demasiado a alguien que nunca supo quedarse.
Así que la dejo ir, incluso antes de existir.
La suelto en el mismo lugar donde dejo tu nombre cuando me duele: en el silencio.
Y me quedo acá, con las manos vacías…
pero al menos, por primera vez,
sin mentirme.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.


Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in