Se me desangran los dedos
construyendo un refugio para ti,
donde nadie más podrá entrar,
donde los pájaros cantarán susurros al viento,
y los árboles grabarán nuestros nombres en su corteza.
Las hojas brisan, cortándose en un alambre de espinas.
El mármol frío bajo mis pies
se tiñe con el calor de tu tacto,
de tus dedos dibujando caminos ocultos
mientras fingía no verte, pero sentía cada roce.
Se me desangran los dedos
construyendo este espacio solo para ti.
Temo que mi amor permanezca, que tus ojos se nublen,
y que las luces que titilan sobre nosotros, un día, se apaguen.
Cada palabra que susurro es una súplica encubierta,
un ruego de que abraces lo que soy, lo que siento,
sin huir de la tormenta que llevo conmigo,
sin tocar el borde afilado del Jesús que vigila.
Mi amor es un hilo que tiembla,
un lazo frágil que resiste al viento,
y aunque temo perderte, sigo abrazando la ilusión
de que el eco en esta alma trascienda más allá de ti.
Se me desangran los dedos
construyendo un refugio en la penumbra de la ópera vacía.
Tus susurros flotan, como notas que se niegan a morir,
mientras el telón cae y tu risa permanece atrapada,
entre los pliegues ocultos de mi memoria.
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