Estoy rodeada de voces,
de cuerpos que respiran cerca
como si el mundo siguiera existiendo sin mí.
Me miran, me hablan,
pero yo camino por dentro,
en un pasillo donde nadie llega.
Hay una luz que no me toca,
un calor que no me nombra.
Todo es ruido,
y aun así, escucho tu silencio adentro mío.
Te amo con la parte enferma del alma,
esa que confunde la herida con el refugio,
el temblor con la caricia.
Sos el único lugar donde me hundo
y, sin embargo, sigo llamando casa.
Tu voz es una grieta en la que me acuesto,
un invierno que reconozco por costumbre.
Me duele,
pero no sé existir sin esa forma de doler.
Hay días en que pienso que podría irme,
aprender a respirar sin vos,
pero entonces el aire se vuelve piedra
y mi nombre se disuelve en la multitud.
Porque no es soledad estar sola:
es estar entre todos
y seguir buscándote.
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