Había una vez una persona —o quizás un niño— que tenía demasiados problemas en su vida. Sufría de todo lo que uno pueda imaginar: padres que estaban, pero no presentes; burlas constantes en la escuela y maltrato en su casa.
Con el tiempo, empezó a preguntarse qué era realmente la felicidad. ¿Acaso era algo material? ¿Algo momentáneo? No lo sabía. Estaba tan confundido por tantos problemas que ni siquiera podía distinguir una emoción de otra. Pero no quería quedarse con la duda. Quería respuestas.
Así comenzó su búsqueda. Empezó a construir su propia idea de lo que significaba ser feliz. Se preguntaba si la felicidad dependía de los recuerdos, o si nacía al estar con alguien que realmente nos hiciera sentir bien. Alguien con quien podamos soltarnos, sentirnos protegidos, sabiendo que no nos clavará un cuchillo por la espalda, ni una bala en el corazón. Alguien que no nos deje con un vacío y una decepción en los ojos.
Mientras pensaba en eso, miraba el río. El agua corría con prisa, como si también quisiera escapar. Sus ojos eran el reflejo de un vacío. Su mirada ya no brillaba. Era como si su alma ya no estuviera ahí. Mil imágenes pasaban por su cabeza: personas que fueron importantes y ahora lo ignoraban, una pareja que, más que amarlo, parecía haberlo olvidado.
¿Acaso la muerte estaba jugando con su mente? ¿O era su propia mente la que le tendía una trampa?
Solo una pregunta lo rondaba:
—Si me tiro de aquí... ¿le importará a alguien?
¿Recordarán aquellos que alguna vez estuvieron a su lado? ¿Llorarán? ¿Se arrepentirán? Tal vez. Aunque es fácil llorar cuando alguien muere. Fácil arrepentirse cuando ya no se puede hacer nada. Pero tarde o temprano, llega el olvido.
Cuando uno brilla, cuando entrega toda su energía, muchas veces es descartado. Pero cuando esa luz desaparece, ahí aparecen las lágrimas.
Y así, el niño tomó su decisión. Su última reflexión fue clara:
—La felicidad no está en lo material. Está en las personas que nos rodean, en los recuerdos que construimos juntos, en las anécdotas, las aventuras y los secretos compartidos. Lo material sobra en este mundo. Lo que importa es lo que nace del corazón.
Dicho eso, se arrojó al río. Y con él se fueron su tristeza, su alma y su búsqueda. Al fin, en paz. Al fin, con su felicidad: junto a sus abuelReflejo en el río
Había una vez una persona —o quizás un niño— que tenía demasiados problemas en su vida. Sufría de todo lo que uno pueda imaginar: padres que estaban, pero no presentes; burlas constantes en la escuela y maltrato en su casa.
Con el tiempo, empezó a preguntarse qué era realmente la felicidad. ¿Acaso era algo material? ¿Algo momentáneo? No lo sabía. Estaba tan confundido por tantos problemas que ni siquiera podía distinguir una emoción de otra. Pero no quería quedarse con la duda. Quería respuestas.
Así comenzó su búsqueda. Empezó a construir su propia idea de lo que significaba ser feliz. Se preguntaba si la felicidad dependía de los recuerdos, o si nacía al estar con alguien que realmente nos hiciera sentir bien. Alguien con quien podamos soltarnos, sentirnos protegidos, sabiendo que no nos clavará un cuchillo por la espalda, ni una bala en el corazón. Alguien que no nos deje con un vacío y una decepción en los ojos.
Mientras pensaba en eso, miraba el río. El agua corría con prisa, como si también quisiera escapar. Sus ojos eran el reflejo de un vacío. Su mirada ya no brillaba. Era como si su alma ya no estuviera ahí. Mil imágenes pasaban por su cabeza: personas que fueron importantes y ahora lo ignoraban, una pareja que, más que amarlo, parecía haberlo olvidado.
¿Acaso la muerte estaba jugando con su mente? ¿O era su propia mente la que le tendía una trampa?
Solo una pregunta lo rondaba:
—Si me tiro de aquí... ¿le importará a alguien?
¿Recordarán aquellos que alguna vez estuvieron a su lado? ¿Llorarán? ¿Se arrepentirán? Tal vez. Aunque es fácil llorar cuando alguien muere. Fácil arrepentirse cuando ya no se puede hacer nada. Pero tarde o temprano, llega el olvido.
Cuando uno brilla, cuando entrega toda su energía, muchas veces es descartado. Pero cuando esa luz desaparece, ahí aparecen las lágrimas.
Y así, el niño tomó su decisión. Su última reflexión fue clara:
—La felicidad no está en lo material. Está en las personas que nos rodean, en los recuerdos que construimos juntos, en las anécdotas, las aventuras y los secretos compartidos. Lo material sobra en este mundo. Lo que importa es lo que nace del corazón.
Dicho eso, se arrojó al río. Y con él se fueron su tristeza, su alma y su búsqueda. Al fin, en paz. Al fin, con su felicidad: junto a sus abuelos, a quienes tanto amó.os, a quienes tanto amó.
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