El frío me gustaba. Me gustaban los inviernos donde, por gracia divina, la salamandra de casa se mantenía en pie otra temporada más para calentarnos. En esa especie de fiesta, rodeada de cajones de verdulería cargados hasta arriba con leña, mi alma se desintegraba de felicidad. No sé si era la anticipación al abrazo del fuego en la confusión, o si eran los minutos congelados en el tiempo donde podia perderme entre las llamas. Algo pasaba. Algo parecido al amor.
Hoy ya no vivo en esa casa. Tampoco tengo una salamandra, ni me detengo a mirar el fuego. Y mucho menos sé cómo detener el tiempo. Hoy creo en el tiempo, y el tiempo no cree en nadie.
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