Ya no estoy roto.
Estoy reconstruido.
Dejé el alboroto
y me lancé
a nadar el río.
Algún resfrío tuve,
pero enfermo y todo
pude pegarme.
Pedí ayuda
a las herramientas de la vida:
el taladro del ronroneo,
el destornillador del llanto,
el martillo del amor
y el pegamento
de los abrazos.
Pecador, fumador y mentiroso,
asistí a misas
hasta el hartazgo.
Los dolores
quedaron sobre la repisa,
y las telas de araña
se adueñaron
de mis penas.
En este corazón
solo hay personal autorizado.
Los pedazos
ya no cortan.
Sus caricias
me ensamblaron con oro.
Y cuando su voz suena,
de ángeles celestiales
es un coro.
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