Lo poco de mi razón destila olores e ideas raras. Debe ser que fermenta por demás en las épocas de sol puro; o en medio de carreras raras, sin otro fin que el autodescubrimiento, o la libre elección del bajo puente a donde va a terminar durmiendo.
Qué se le puede pedir cuando se encuentre a sí misma pensandose desde sí, sino la sorpresa del creer verse con otros ojos, y sumarle dramatismo y la literatura necesaria hasta que encuentre algo que la descoloque, y vea entonces, desmoronarse las paredes poco a poco.
El sol penetra tan fuerte en las irónicas ideas suicidas, que va dejando un manto, una bruma tibia, tenue e inflamable que enciende con cualquier cosa. Es la manía propia del humano, un análisis posterior a la catástrofe porque la prevención jamás será suficiente si es siempre coorninada por kamikazes vestidos de largo, de rojo, de uñas largas, poemas y perfumes árabes para permear toda otra estela.
Me da asco y vomito la tinta que me quedó adentro, porque le erro a la profundidad y en cuál órgano debía de ir el tatuaje. Sé que tengo una época repugnante donde voy a escribir todas estas cosas porque ni yo las leo, así las tolero, las banco, las quiero.
Es este sol que no ilumina un choto.
Atenta,
conspira con ella,
y conmigo,
también
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