Fuimos un dueto unido, pero hoy la distancia nos hace tocar a destiempo. Sin embargo, aún puedo oírte: el viento trae tus melodías hasta mí y todavía las disfruto.
Porque sos hacedor de bajo y yo soy un hacedor de piano, me susurras que la música es imperfecta y que es en ese error donde hallas su perfección, algo tan absoluto y simple. Y encajas en mí, como la hendidura del instrumento bajo mi piel.
Este amor no se puede tachar como una partitura, ni repetir como un estribillo; es pura improvisación sobre un vibrato que nos invita a dejarnos llevar.
Y temí hacerlo mal, el miedo siempre halla la forma de infiltrarse y oxidarnos.
Entonces fallé, mi recompensa fue la perfección y quizás un poco de tu amor.
Porque sos una longitud que desborda cualquier intento de medida y una fuerza que convoca la admiración. Y es ella —no otra cosa— la que te ha traído hasta acá.
En la mayor cercanía, la lejanía se estanca y se acomoda para quedarse.
Del enorme silencio de la distancia nacen otras melodías, algunas hieren mis oídos y hacen temblar mi corazón, como cuerdas mal tensadas, a punto de romperse.
Y aún así escucho tu silencio, y en él mi cuerpo se llena mientras el dolor se ahoga.
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