Hágase la voluntad de la muerte.
Avíentenme, con todo fervor,
a mi inquisición, al drenaje
de cada arteria,
al derrame de una vena poética.
Si debo sucumbir en pos de una musa,
¡que así sea, Señor!
Hazme creyente de su carne.
No quiero sus labios,
quiero su sangre.
Beberla en alguna cúspide,
de impregnancia apetecible y artística.
Quiero las gotas absorber.
Su amor, de cuajo,
me es prohibido,
y su idioma no posee, en su haber,
tales letras góticas
que hagan juego,
que me hagan fuego,
que corrompan mi saber.
Hay de mí tantos cuervos,
sus ojos, de hecho, los anhelo.
No poseo otra idea semejante
que la incógnita amarga
de saberme frente a su visión,
como la única dama en el tablero.
Hay de mí tantos rezos.
Señor y amo de los confines
magros y profundos,
ven hacia mí,
arrójame su alma hecha dalia.
En la embriaguez de mi jardín,
en la fecundidad de una luna,
su sangre ha de brotar
como larva en mi raíz.
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