Lenny tenía los ojos afilados, su voz enternecía aguda por la mañana, se movía quieta como la mar mientras la contemplaba tonto en la cama.
Soñé hoy con ella, con escenarios lamentados, soñé que le escribía estos versos, aun si del onirio no salen inmaculados.
Solo una imagen retengo de ese poema, una rítmica secuencia de la misma palabra repetida: “gracias, gracias, gracias.” Tan divina era su sonrisa, cargada de brillos y elegancia, que no se fue sin dejar huella, quedó fija en nuestras almas, en la de todos; los que te conocieron y los que te extrañan.
Lenny, hoy el mundo se parte en pedazos. El reloj se ha roto. Retazos de lo que era Buenos Aires fue nuestro anhelo ya dejado. Maldije a los ángeles que no me guardaron y quitaron de tu lado. Te seré sincero, te guardé algún rencor, aunque bien supe que poco duraría. Te escribí los versos más tristes, y también los más apuñalantes; te lloré y te quise, tal que te odié y maldije. Mas no será cierto, mi grito emparentaba con el grito de una ciudad lastimada que astilló tus adentros y acabó por apartarme olvidado. ¿Y quién soy yo para enjuiciar el enfado?
Lenny ensillaba el cimarrón con el tabaco armado y sus hojas de eucalipto. Se olían las flores que perfumaban su habitación imaginaria mientras se calzaba la bota acuática. En su fina siesta ella soñaba que venía conmigo al mercado. Ella veía mis ojos cargados de una pulsión propia de quien extrañó tanto a un ángel de naranjas alas. Había olvidado lo majestuosa que te veías bailando. Allí descubrí que al fin, era yo quien estaba soñando.
Lenny creyó en mis trazos como ninguna lo hizo. No animaré a decir “como ninguna lo hará”, pues conoceré a otras mujeres, a otros hombres, otros Evas y Adanes en quien confiar mi fiebre: sin embargo, ¡qué difícil ha puesto que alguien le gane!
Y aún el reloj seguía roto parpadeando el segundero fijo en la aguja nueve. Un pobre gaucho se quedó hablando con su sombra, la charla se tornó en discusión. Con hidalguía la sombra se posó sobre él, lo levantó de la cucha, enjuagó los trapos sucios, vio renacer las hojas del árbol grueso de la chacra y arregló su quebrado tiempo.
El gaucho se repuso en sí, algo adolorido y ensoñado. Guardó el cuchillo de mango óseo y apuró la cabalgata a escudriñar el Secreto. Yerba mate, pava, porongo, y unos cuantos libros llevaba en su bolso. Al costado de su morocho pecho una petaca espirituosa con una estampa borrosa pegada al barro y saliva; era su fotografía de Lenny, con los ojos afilados y su inolvidable sonrisa.

Juan Cruz Arias Pereyra
Psiconauta del Inconsciente. Aficionado al buen y mal comer. Mono Sabio. Gallina. Hola.
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