¿Quién merece ser llorado?
Jun 15, 2026
Cada vez que muere alguien pasa más o menos lo mismo. Antes de que el cuerpo se enfríe, antes de que la familia termine de asimilar la noticia, antes incluso de que quienes lo querían puedan despedirse, aparece un montón de gente lista para dar su opinión. Se revisan publicaciones viejas, se rescatan declaraciones desafortunadas, se enumeran errores y se arma una especie de expediente moral para intentar responder una pregunta que parece obsesionarnos: si esa persona merece ser llorada.
La lógica detrás de todo esto es bastante rara. Da la sensación de que la compasión dejó de ser una reacción humana para convertirse en un premio reservado para quienes aprueban una auditoría ética. Como si la muerte pusiera en pausa el duelo para dar lugar a un juicio público. Y, sin embargo, alcanza con mirar cualquier vida con un poco de honestidad para darse cuenta de lo absurdo que resulta ese planteo. Nadie pasa por este mundo sin equivocarse. Nadie llega al final de sus días con un historial impecable de contradicciones, torpezas, egoísmos o decisiones cuestionables. Ser humano implica justamente cargar con esas imperfecciones.
Lo más llamativo es que muchas veces quienes participan de esa evaluación parecen incapaces de separar a una persona de sus actos. Un error se convierte en una identidad. Una mala decisión pasa a definir toda una vida. La complejidad desaparece y sólo quedan etiquetas: bueno o malo, héroe o villano. Como si las personas fueran personajes de ficción hechos para representar una sola característica.
Hay algo especialmente cruel cuando esto pasa después de una muerte repentina. Porque la conmoción que sienten muchos no nace de una admiración absoluta ni de la idea de que quien murió era perfecto. Viene de algo mucho más simple: de ver una vida interrumpida; de pensar en quienes recibieron una llamada que nunca quisieron recibir, de recordar que la muerte no negocia, no pregunta por antecedentes y no distingue entre personas ejemplares e imperfectas. Llega para todos por igual.
Quizás por eso suenan tan vacíos y frios ciertos comentarios que aparecen cada vez que alguien muere. "¿Por este lloran?". Esa pregunta esconde una idea bastante incómoda: que el dolor necesita justificarse, que la tristeza hay que ganársela, que la compasión sólo corresponde a quienes cumplen ciertos estándares morales. Si aplicáramos esa lógica de forma consistente, casi nadie sería digno de una lágrima.
Tal vez el problema sea que olvidamos algo muy básico como el hecho de que las personas no somos una suma matemática de virtudes y defectos. No existe una cuenta final que determine quién merece humanidad y quién no. Lloramos a los muertos porque son humanos. Porque tenían una historia, relaciones, proyectos, miedos y afectos. Porque detrás de cada muerte hay alguien que pierde un hijo, un hermano, un amigo o un amor. Y porque cada muerte nos recuerda, aunque intentemos evitar pensarlo, que nosotros también somos finitos.
Y quizás sea justamente esa conciencia de fragilidad compartida la que hace tan difícil entender la necesidad de burlarse de alguien que ya no está. La muerte ya es bastante dura por sí sola, no hace falta convertirla también en un tribunal.
If you liked this post, consider buying the writer a coffee
Buy a coffeeOur picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.

Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in