¿Quién soy yo, si no un espectro de mi propio vacío?
Oscilo. No avanzo. El ocaso me suspende.
El ocio vacila de mi mente intranquila, que no se calla pero tampoco dice.
Me arrastra el respiro ahogado hacia una rueda perpetua que clava y me sube como filo húmedo por el esternón.
Mi falange tiembla, muda, y por fin traquetea:
Gotea saliva; sucia de una lengua que abusó del don comunicativo y lo gastó en artimañas bajas.
Podría haber sido festín de palabras.
Cuchara, mesa, celebración del verbo. Pero no. Elegí nudo. Mordida. Contradicción.
Mal uso del vocablo, mal uso de la lógica que pierde —pierde siempre—frente a un corazón achicopalado que solo quiere, no saber.
¿Quién, si no yo, busca felicidad en un lugar prometido, ya oído, ya sabido, nunca andado?
Mi piel se cuece en la falta de acción.
Mi voluntad empuja. No nace. Gime.
Golpea contra las paredes de mi cabeza—sostén frágil de una acción aún inmadura.
Al final, ¿quién?, ¿Quién, si no yo, puede ser yo?
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