Oh, querida Alice:
¿Cuál es tú visión sobre nuestra unión? Es notable -incluso palpable- este sentimiento voraz que nos atrae inexplicablemente, pues somos diferentes en esencia.
Nos hemos criado en hogares diferentes, por padres distintos y sobre unos cimientos dispares; sin embargo, y agraciada sea la casualidad, nuestros corazones se encontraron en una desolada tarde de invierno. El frío de aquella era tan brutal que protegimos nuestras manos entrelazándolas, porque no hay mejor remedio que la calidez del cuerpo. En aquel instante, mis instintos querían besar tu piel, y lo habría hecho sin dudarlo, pero no me sentía lo suficientemente digno para poseer aquella dicha mía. Suficiente era para mí el poder tocar tu mano, que era suave igual que un lecho de seda, y el ver como tu mirada se posaba en el ligero atardecer, pues creías que la belleza en el cielo se encontraba; pero, amor mío, por primera vez fallaste en tus creencias, pues si hubiese podido hacerlo, te habría otorgado mis ojos -a mi pesar, pues aunque tenga en mi cerebro la composición de tu rostro, el no tener visión para apreciarlo me acabaría consumiendo- para ver la verdadera sublimidad.
Recuerdo como empujaste mi cuerpo contra el pavimento sólo por diversión y yo me reí, ya que las muecas divertidas que hizo tu rostro al ver las palmas de mis manos sangrar fundió mi corazón. Me sentí anestesiado, y solo podía carcajear como tú lo hacías. Cuando terminaste, me ofreciste un pañuelo con cierta fragilidad, pues el sangrado de mi mano derecha no cesaba. Había caído sobre un cristal, que habría perforado una vena -o eso dijo el doctor que me atendió aquella noche-, pero no le di ninguna importancia, pues este había sido motivo de tu risa y con eso me sentía más que satisfecho. Y la satisfacción venía de la música que tus labios -¡Cómo hubiese querido besarlos!- hacían. Era un sonido tan armonioso, una melodía que degustaría con regocijo hasta el final de los tiempos.
¿Evocas lo que ocurrió después? ¿Lo harás? Tropecé con mi propio pie y volví a caer.
¡Qué divertido fue! Caí de bruces contra la acera, y aquel trozo que me hacía rabiar -y no lo mostraba por no preocupar tus deseos- atravesó mis tendones, por fin, y salió victorioso de la cárcel en la que se encontraba. ¡Como reíste nuevamente, agasajando mis sentidos! La sangre brotaba con violencia y el dolor era inhumano, pero sólo importaba tu felicidad.
La tarde pasó con rapidez y, a finales de esta, tuve que marchar -qué desconsiderado fui-. Cuán dolorosa fue la despedida, mi amada, pero debí hacerlo. Tú estabas allí viendo como mi cuerpo decaía a pesar de mis esfuerzos, y me arrepiento de ello. Desde aquel día, no hallo descanso. Pues a pesar de esa conexión mencionada al principio, no he vuelto a verte. Rehuyes de mí, ¿no es así? Entiendo que sea mi culpa. Fue débil mi cuerpo y debí seguir haciéndote reír. Me maldigo, de veras. Pero ansío verte, por esto escribo esta carta.
Espero tu respuesta,
tu adorador.
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