La experiencia denominada iluminación o despertar ha sido ampliamente comprendida como un estado de perfección del individuo. El iluminado sería un ser que representa la vanguardia de la ética, la inteligencia y la claridad emocional. Cuando un individuo se declara a sí mismo como iluminado, multitudes de seguidores buscan su consejo y guía. Sin embargo, el iluminado y sus seguidores terminan, casi siempre, envueltos en una trama de abusos, manipulación y violencia. Este ha sido, en muchos casos, el resultado de este tipo de fenómenos.
El “gurú”, como representante de la espiritualidad, genera incredulidad. Es crucial, en todo caso, formularse estas preguntas: ¿Por qué los iluminados son ascendidos inmediatamente a la categoría de la completud y la perfección humana? ¿Un individuo que alcanza la iluminación ha superado sus prejuicios, dolores y patrones emocionales por defecto? ¿Es la iluminación el último paso en el proceso de desarrollo individual?
Responder a estas preguntas es esencial. Ken Wilber, en su enfoque de espiritualidad integral, afirma que existen diversas líneas de desarrollo que, a pesar de su relación, no son necesariamente interdependientes: la línea intelectual, ética, emocional, artística, corporal, espiritual e interpersonal. Así, una persona puede haber desarrollado, por ejemplo, sus habilidades intelectuales y ser, por otro lado, apenas un infante en la línea emocional.
Al igual que el iluminado, el intelectual comparte las mismas expectativas de la cultura: se espera de él coherencia y rectitud moral; sin embargo, este suele no ser el caso. Su conocimiento no es equivalente a conciencia moral o emocional. Políticos y maestros universitarios que, en una mano, poseen perfectas retóricas, en la otra pueden albergar corrupción, manipulación, abuso de poder o incluso violencia. La inteligencia no es sinónimo de un corazón puro. Y la iluminación no es sinónimo de ser incorruptible.
Después de ver Wild, Wild Country, la serie documental sobre Osho, surge la pregunta de si acaso el movimiento que creó fue pensado con fines perversos desde su origen, o si fue la fuerza del mismo movimiento la que se salió de su control y sobrepasó sus posibilidades como humano para detener la esquizofrenia colectiva que se apoderó de él y de sus seguidores. También Sadhguru presenta un comportamiento reprochable en aquella entrevista donde es cuestionado sobre las acciones de la Isha Foundation por construcciones cerca de zonas ecológicas sensibles en India, y su reacción es pedirle, con gestos, al periodista que se calle. Igualmente, el Buda, a pesar de haber encontrado uno de los más elevados estados espirituales, inicialmente se negó a aceptar que las mujeres podían convertirse en Budas, y sin Ananda no habrían sido admitidas en la orden.
En el caso del Buda, iluminarse automáticamente no le permitió observar las estructuras de control patriarcal ni la injusticia y el desamor que negar la entrada a la orden —o afirmar la imposibilidad de la mujer para convertirse en Buda— constituía.
La profundidad del insight que, a mi juicio, trae la iluminación sobre la naturaleza de la realidad no es equivalente a maduración y crecimiento psicológico. En términos de Adyashanti, despertar o iluminarse es, sencillamente, un movimiento profundo del fundamento de la identidad: un desplazamiento que puede trazarse desde “yo soy mi cuerpo y mis pensamientos” hacia “yo soy todo lo existente”.
Por eso, la iluminación es la perfecta realización de la unidad, pero no la perfecta realización de la humanidad de un individuo. Dos episodios de los evangelios evidencian cómo Jesús, a pesar de ser reconocido por Juan Bautista como uno “ante el cual no soy digno de postrarme para desatar sus sandalias”, tuvo que ir al desierto durante cuarenta días a realizar ayuno. Este episodio puede interpretarse como el método del iluminado para profundizar la realización de lo divino. Y esta realización pasa por la confrontación con el diablo, es decir, con su propia sombra, su ego.
Jesús, antes de operar la voluntad de la presencia, confronta su deseo de poder (convertir las piedras en pan para saciar su hambre), de reconocimiento (tirarse del templo y ser salvado por ángeles) y de control (tener dominio sobre los reinos de la tierra). El otro episodio es el del Jardín de Getsemaní, donde vemos a un hombre angustiado ante el evento próximo de la aniquilación de su cuerpo, expresando su paroxismo en la imagen de las gotas de sudor transformadas en sangre, y donde dice: “Padre, si es posible, pase de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
La última etapa del iluminado sería, entonces, la rendición de su yo humano ante la voluntad divina: el último ejercicio de meditación e integración de su temor personal. Los evangelios son, desde esta perspectiva, también la historia de un hombre perfeccionando su corazón, y un ejemplo que enseña que los iluminados, más allá de las fantasías de la cultura occidental, son también incompletos.
Tal vez el Zen, con su enfoque no devocional, trata de enseñarnos algo. Pero, paradójicamente, es la devoción la que manifestó al Cristo, uno de los gurús dignos de devoción.
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