"Que la muerte se sienta como literatura"
Me llamó su gracia cuántica,
porque su atracción no resiste ley,
ni su anatomía hace privatización
de mi espacio molecular.
Un cuadro febril,
un suburbio de plaquetas
que desisten de reprimir.
Hasta la médula
si andar con esa mujer
significa luego padecer
el fenómeno llamado “gemir”.
Sustancias homéricas,
odisea en la sangre.
Que el coma me permita descender,
habitar la muerte,
sin sexo,
sin vestimentas,
sin aroma de placer.
Abrirme paso en el umbral de Hécate,
ser el atavio de medicamentos
que mantienen a mis hongos poseídos;
opioides que vuelven a mi cuerpo piedra,
tubos como aguijones de medusa.
Irme por los laureles:
que el recuerdo aureliano,
gotas de sangre románica,
vuelvan estoicos a mis vasos
que mi imperio resiste en coma.
Que mi inconsciente germánico
vuelva consciente mi sombra Calígula.
Para así saciar mi sed;
estrecha, en mi laringe,
como corset con aroma arsénico
de una muerte victoriana.
Déjenme morir a lo Poe:
en mi desdicha, el gato negro;
en la dicha, un plumaje,
no de cuervo.
Soy un buitre;
tengo el pellejo descubierto.
Por donde me entran los tubos,
por donde mi garganta
abre las fosas
en las que se contiene toda una vida.
la mía.
Despierto en una horrible parafilia.
No tengo amante,
mitología ni poesía.
Solo átomos que traen la peor pesadilla:
una mortalidad
que nunca me concederá
la distinción de ser especial
como aquellos con los que soñé.
Y un más allá
que hará de mi energía vibración,
de mi alma, un recuerdo,
y de mis esperanzas de visitar a mi perro
el infierno de que ya no existe.
Y no hay Dios con quien quejarme.
Ya tampoco mis átomos existen.
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