no me gusta la quietud,
el mar sereno
sin tempestad
ni olas que estallen en la orilla;
no me gusta la calma
ni un día soleado con sombrilla;
nunca me gustó que la lluvia
se anuncie sin truenos
porque necesito calcular
a cuántos metros está la nube
con cada estruendo;
no me gusta la sonata impoluta
sin un platillo que te asuste
o una trompeta que anuncie
la historia más compleja
tocada sin voz;
me acostumbro a estar alerta
con diez oídos
y una mirada puesta en ambos hombros,
con un rostro en la espalda
y un olfato que vaticina
el perfume de una señora de ochenta años
veinte cuadras a la redonda;
entonces calculo horarios de salida
y de llegada
(y si es retrasada, también planeada),
calculo los pasos que di
y los que no caminaré,
sé qué rostro usar para cada ocasión
y no conocí a nadie
al que pedir perdón
por llegar tarde;
me envuelvo
en mi vestuario de predicciones,
con todos los destinos posibles
y cinco tipos de canciones
para cada estado de ánimo venidero;
así que la rutina es mi calma,
el trueno mi quietud,
la tempestad mi mejor amiga
y la ola que se alza con bandera roja en la playa:
el signo de un buen día.
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