¿Que carajo paso del 2010 al 2026 en la politica española? Explicado para extraterrestes
Apr 23, 2026

Carlos y el albariño
Le explico a un extraterrestre llamado Carlos, en una terraza de Betanzos, qué carajo pasó en España entre 2010 y 2026
El tipo se me apareció en la terraza un jueves a la tarde. Verde, un ojo, casco de pecera, cara de no entender nada. Me dijo que se llamaba Carlos —por Carlos I, me aclaró, porque cuando aterrizó el rey todavía era él— y que había caído en Madrid el 11 de julio de 2010, justo la noche en que Iniesta metía el gol y España salía campeona del mundo. Vio a medio país llorando de alegría en la calle y pensó "che, qué lugar lindo, me quedo". Se fue a hibernar un rato a una cueva en Extremadura y se despertó ahora, en 2026.
Quince años después. Y no entiende nada.
Le pedí dos copas de Ribeiro —el albariño se lo prometí para después— y le dije que se acomodara, que esto iba para largo.
—A ver, Carlos. Vos viste la mejor noche de España en cincuenta años. Eso fue el techo. Todo lo que te voy a contar ahora es cómo se vino abajo.
Primero, lo básico: cómo funciona esto
—España, desde 1978, tiene una Constitución. ¿Sabés lo que es eso?
Asintió.
—Bueno. Esa Constitución la firmaron tres años después de que se muriera Franco, un dictador que los tuvo cuarenta años calladitos. Fue un pacto grande: la derecha de entonces, los socialistas, los comunistas, los vascos, los catalanes. Todos firmaron. Pusieron un rey arriba —Juan Carlos I, tocayo tuyo— que hacía de árbitro, y dijeron "bueno, ahora nos turnamos en el poder dos partidos: el PP, que es la derecha, y el PSOE, que es la izquierda moderada". Y así funcionó durante treinta años. A eso se le llama bipartidismo: dos partidos se van pasando la pelota.
—¿Y los colores? Porque yo veo todo en tu mapa de colorines.
—Buena pregunta, Carlos. Acá en España cada partido tiene su color, y con eso entendés casi todo el panorama. Te hago la paleta rápida. El PSOE, los socialistas, son rojos —rojo clásico de izquierda de toda la vida—. El PP, la derecha conservadora, es azul —azul marino, como de traje de abogado—. Podemos, que nació después, eligió el morado, que es el color del feminismo y la izquierda alternativa. Ciudadanos, el partido liberal-centrista, iba de naranja. Vox, la extrema derecha, se agarró del verde botella, un verde oscuro medio militar. Y Sumar, que es lo que quedó de Podemos después de varias escisiones, va de rojo magenta o fucsia.
—Son cinco.
—Son cinco. Después hay partidos regionales con sus colores propios —los nacionalistas vascos de verde claro, los catalanes independentistas de amarillo, los gallegos de azul celeste— pero los cinco grandes nacionales son esos. Vas a ver el mapa electoral y parece una paleta de pintor loco.
—¿Y cómo funcionó la cosa después de Franco?
—De diez. España entró a la Unión Europea, al euro, hizo los Juegos Olímpicos del 92, construyó autopistas, trenes rápidos, aeropuertos hasta en pueblos de cuatro gatos. Todo financiado con un boom inmobiliario que parecía no tener fondo. Se construía como si mañana no existiera. Y en esa ola vino el Mundial del 2010. Esa noche que vos viste.
—¿Entonces cuál es el problema?
—El problema es que dos años antes, en 2008, se había caído el mundo. Y España todavía no se había dado cuenta.
El golpe: 2008
—En septiembre de 2008 quebró un banco gigante en Estados Unidos que se llamaba Lehman Brothers. La onda expansiva llegó acá con todo. La burbuja inmobiliaria española explotó. Los bancos empezaron a tambalear. Gente que había firmado hipotecas de cuarenta años se quedó sin laburo y sin casa. El desempleo se fue para arriba como un cohete: llegó a uno de cada cuatro trabajadores en paro. Uno de cada dos jóvenes.
—Uf.
—Esto es importante, Carlos, prestá atención: todo lo que te voy a contar después —el quiebre del bipartidismo, los partidos nuevos, Cataluña queriéndose ir, la caída del rey, todo— tiene su semilla en el 2008. La crisis económica se hizo crisis social, la crisis social se hizo crisis política, y la crisis política se hizo crisis institucional. España entró en un bucle del que todavía no sabe cómo salir.
El gobierno de entonces era el del PSOE, y lo encabezaba un tal José Luis Rodríguez Zapatero. Dejame contarte de él porque te va a servir.
Primer personaje: Zapatero
—Zapatero era un tipo de León, provincia del norte, perfil bajo, hablaba despacio, daba impresión de buena persona. Había ganado las elecciones de 2004 tres días después del atentado islamista del 11-M en los trenes de Madrid, que mató a 192 personas. El gobierno de entonces, del PP, intentó echarle la culpa a ETA —la banda terrorista vasca— en plena campaña, y cuando se supo que habían sido yihadistas, la gente castigó al PP en las urnas. Zapatero entró así, casi de rebote.
Gobernó ocho años. Lo bueno que hizo: sacó las tropas de la guerra de Irak, aprobó el matrimonio homosexual en 2005 —España fue el tercer país del mundo en hacerlo—, aprobó una ley contra la violencia de género que fue pionera. Lo malo: cuando llegó la crisis del 2008, él dijo durante meses que acá no pasaba nada, que la economía española estaba en la "Champions League mundial". Y estaba en la UVI. Cuando se dio cuenta, era tarde. La crisis lo pasó por arriba. Terminó haciendo recortes brutales que contradecían todo lo que había prometido, y adelantó las elecciones en 2011 para no agonizar más.
—¿Y qué vino después?
—Vino Rajoy. Pero antes te tengo que explicar dónde se vota qué en España, porque si no te perdés.
El mapa electoral: norte, centro y sur
—Agarrá la servilleta, Carlos. Te dibujo España.
Le dibujé una especie de piel de toro con el Mediterráneo a la derecha y el Atlántico a la izquierda.
—España vota muy distinto según dónde estés parado. Hay tres grandes bloques geográficos y cada uno tiene su lógica.
El sur —Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha— es tradicionalmente rojo. PSOE. Tierra de jornaleros, grandes latifundios, campo, sindicatos agrarios, mucha dependencia de subsidios agrícolas y europeos. La izquierda lleva décadas ganando ahí, aunque en los últimos años eso se ha empezado a romper: Andalucía, que era el bastión histórico del PSOE, la gana el PP desde 2022. Un terremoto.
El norte es un caos, pero un caos ordenado. Es la parte más complicada del mapa. Galicia —donde estamos ahora, Carlos, acá en Betanzos— es azul casi siempre: PP. Los gallegos son conservadores, rurales, católicos, desconfiados. Feijóo, el actual líder del PP, viene de acá. Al lado tenés Asturias, que es roja —minera, con tradición obrera—. Después Cantabria, que tiene un partido regional, y ya entramos en lo serio: el País Vasco y Navarra, donde manda el nacionalismo vasco, el PNV, un partido conservador pero vasquista, y donde también hay peso de la izquierda independentista, EH Bildu, heredera del entorno político de ETA. Y más al este, Cataluña, donde la cosa se complica todavía más porque ahí se pelean independentistas y constitucionalistas, y el mapa cambia cada cuatro años.
El centro —Madrid, Castilla y León, Aragón— es azul fuerte. Madrid ciudad es la capital, Madrid comunidad es uno de los feudos más sólidos del PP de toda España. Castilla y León —campos de trigo, pueblos vacíos, la España vaciada— es PP casi siempre. Aragón se reparte.
La costa mediterránea es mixta. Valencia oscila, Murcia es azul fuerte, Cataluña ya te dije lo complicada que es. Y las islas: Baleares oscila, Canarias tiene su propio partido regional, Coalición Canaria, que pacta con quien le conviene cada legislatura.
—O sea que España no vota como una sola cosa.
—Para nada, Carlos. España son como siete países pegados con saliva. Y cada elección es en realidad diecisiete elecciones distintas, porque cada comunidad autónoma vota con su propia lógica. Esto es clave para entender todo lo que te voy a contar.
2011: la última mayoría absoluta y Rajoy
—En noviembre de 2011 ganó el PP. Mariano Rajoy. Segundo personaje importante.
Rajoy era —y sigue siendo— gallego, del norte como yo, registrador de la propiedad, hombre gris, de pocas palabras, amigo de los puros. Hombre de partido toda su vida, se había presentado a presidente tres veces y a la tercera le tocó. Tenía fama de aburrido, de decir frases con mucha retórica y poco contenido, de no pronunciarse sobre nada polémico hasta que era imposible seguir callado. Un tipo con paciencia de santo, muy paciente. "Mariano deja que las cosas maduren", decían sus amigos. Lo criticaban por no gobernar con energía, pero lo cierto es que aguantó siete años en Moncloa con crisis por todos lados.
Sacó 186 escaños sobre 350 en 2011. Mayoría absoluta. O sea: podía gobernar solo, sin pactar con nadie. Fue la última mayoría absoluta que hubo en España. La última. Desde entonces, ningún partido ha vuelto a sacar los números para gobernar solo. Ni uno.
Hizo recortes —despidió funcionarios, bajó sueldos públicos, subió el IVA, pidió un rescate europeo para los bancos— y mientras tanto la sociedad española estaba cocinando algo nuevo abajo.
15-M y la grieta
—En mayo de 2011, unos meses antes de que ganara Rajoy, pasó algo insólito. Miles de pibes acamparon en la Puerta del Sol de Madrid. No tenían líderes, no tenían programa, no tenían nada. Tenían una frase: "no nos representan". Se llamaron los indignados, el 15-M. Fue como cuando en Argentina salimos con el "que se vayan todos" en el 2001. Mismo clima.
—¿Y qué pasó con esos pibes?
—Tres años después, uno de ellos, un profesor universitario llamado Pablo Iglesias —flaco, con coleta, populista de izquierda, que venía de la tele— fundó un partido nuevo: Podemos. De color morado. Le iba a comer el voto al PSOE por la izquierda.
Y a la vez, desde Cataluña, otro partido que se había fundado allá en 2006 empezó a crecer en toda España: Ciudadanos, color naranja. Liberales, jóvenes, se vendían como "la nueva política". Lideraba un abogado catalán, Albert Rivera. Le iba a comer el voto al PP por el centro.
—Ya van cuatro partidos.
—Exacto. El bipartidismo se había terminado.
Junio de 2014: el rey se cansa
—El 2 de junio de 2014, a las diez y media de la mañana, Rajoy apareció en televisión con cara de haber dormido poco. Anunció que el rey Juan Carlos abdicaba. Dieciséis días después, el 18 de junio, se firmó la ley orgánica de abdicación. Al día siguiente, el 19, su hijo Felipe VI juraba la Constitución en el Congreso.
—¿Por qué abdicó mi tocayo?
—Estaba quemado. Había hecho un viaje de caza a Botsuana —a matar elefantes, nada menos— en plena crisis, con la gente haciendo colas en los comedores sociales. Se había roto una cadera allá, y cuando volvió al hospital se le escapó la noticia. Después apareció una amante alemana. Después una investigación en Suiza por cuentas millonarias no declaradas. Después una infanta imputada por corrupción. El tipo había sido el héroe de la Transición, el que paró el golpe del 23-F en 1981 poniéndose el uniforme en televisión y diciéndoles a los militares que volvieran a los cuarteles. Y terminó exiliado en Abu Dabi.
Felipe, el hijo, es otra cosa. Sobrio, discreto, más notario que símbolo. Pero el brillo del 78 ya nunca volvió.
2015-2016: España no puede formar gobierno
—Llegó diciembre de 2015 y las elecciones fueron un desastre organizativo. El Congreso quedó partido en cuatro pedazos: PP, PSOE, Podemos, Ciudadanos. Azul, rojo, morado, naranja. Nadie alcanzaba para gobernar. Nadie quería pactar con nadie.
Repitieron las elecciones seis meses después, en junio de 2016. Otra vez lo mismo. Rajoy terminó gobernando en minoría casi a la fuerza, con la abstención del PSOE, que acababa de echar a su propio secretario general en un congreso a los gritos. El secretario general se llamaba Pedro Sánchez. Tercer personaje clave, Carlos, prestá atención que este todavía está en la jugada.
Sánchez: el hombre del Peugeot
—Sánchez es madrileño, alto, guapo, profesor de economía, exbasquetbolista aficionado. En 2016, su propio partido lo echó porque no aguantaban su obsesión con no facilitar el gobierno del PP. Lo defenestraron públicamente. Humillado, Sánchez se subió a un Peugeot y se fue a recorrer España, militante por militante, diciendo que iba a volver. Y volvió: ganó las primarias del PSOE contra el candidato del aparato en 2017.
Desde entonces, Sánchez tiene fama de una cosa: resistir. Lo dan por muerto quince veces y quince veces vuelve. Sus críticos lo llaman "el superviviente", y no en tono elogioso. Su estilo es táctico, pragmático, con poco peso ideológico. Hoy dice A, mañana lo contrario si le conviene para aguantar. Para sus votantes eso es inteligencia política; para sus detractores, cinismo puro.
Barcelona 2017: la otra fractura
—Mientras todo esto pasaba en Madrid, en Cataluña se estaba incubando una bomba. Esto hay que explicarlo bien, Carlos, porque sin entender lo de Cataluña no se entiende España.
Cataluña es una región del noreste, rica, con su propia lengua, su propia historia, su propia identidad. Siempre tuvo tensión con el centro. Durante años, los partidos nacionalistas catalanes —moderados, amarillos en el mapa— se habían conformado con tener más autonomía. Pero después de 2010, cuando el Tribunal Constitucional recortó un Estatuto catalán que ya había sido votado en referéndum, la cosa se radicalizó. Los moderados se volvieron independentistas.
Convocaron un referéndum de independencia ilegal para el 1 de octubre de 2017. El gobierno central dijo que no, que era inconstitucional, que no se podía. El gobierno catalán —de un tal Carles Puigdemont— dijo que sí, que se hacía igual. Escondieron urnas en colegios, movilizaron gente, lo organizaron en la clandestinidad.
Ese domingo 1 de octubre, Rajoy mandó a la Policía Nacional y a la Guardia Civil a impedir la votación. Y acá se pudrió todo. Las imágenes dieron la vuelta al mundo: policías antidisturbios entrando a colegios a los golpes, sacando urnas a la fuerza, arrastrando viejas de los pelos, pegándole a gente desarmada. Según la Generalitat —el gobierno catalán— hubo casi 900 heridos. La CNN abrió ese día con un titular: "La vergüenza de Europa".
Puigdemont declaró la independencia el 27 de octubre. Rajoy contestó aplicando el artículo 155 de la Constitución —algo que nunca se había usado— que suspendía la autonomía catalana. Convocó elecciones. Puigdemont se fue a Bélgica para evitar la cárcel. Otros líderes independentistas terminaron presos, condenados a penas largas.
Cataluña quedó partida por la mitad. Y toda España quedó marcada.
Junio de 2018: la moción que sí salió
—El 24 de mayo de 2018, la Audiencia Nacional dictó sentencia en el caso Gürtel, la gran trama de corrupción del PP: sobornos, financiación ilegal, caja B para pagar dirigentes en negro. El tribunal dio por probada la caja B. Incluso dijo que el testimonio de Rajoy en el juicio no había sido "veraz".
Sánchez vio la ventana y presentó una moción de censura. Para que entiendas: es algo que permite la Constitución para echar al presidente sin esperar elecciones, si el Congreso vota que prefiere a otro. Habían intentado tres antes desde 1978. Ninguna había salido.
El 1 de junio de 2018, esta salió. 180 votos a favor, 169 en contra, una abstención. Rajoy se despidió con una frase que —te lo digo yo que no soy de izquierda— le honra: "Ha sido un honor dejar una España mejor de la que encontré". Dimitió del PP, se volvió a Santa Pola a trabajar de registrador. Sánchez, el tipo humillado dos años antes, era presidente.
2019: aparece Abascal
—En 2019 hubo dos elecciones, en abril y en noviembre, porque Sánchez no lograba que lo invistieran. Y apareció el quinto jugador del tablero: Vox. Color verde botella.
Santiago Abascal, el líder, es el cuarto personaje que te quería contar, Carlos. Vasco, pero español hasta la médula —su familia sufrió el terrorismo de ETA, su padre tuvo que llevar escolta durante años—. Viene del PP, lo dejó porque le parecía blando. Habla con voz grave, le gusta la caza, se muestra con caballos, proyecta imagen de hombre recio, tradicional, firme. Sus banderas: mano dura con la inmigración, defensa de la unidad de España contra los nacionalismos, crítica al feminismo institucional, rechazo a las autonomías, reivindicación del orgullo nacional sin complejos.
En noviembre de 2019 Vox sacó 52 escaños. Fue la primera vez desde Franco que la extrema derecha entraba con fuerza al Congreso español. Rompió el cordón sanitario: hasta entonces había un acuerdo tácito de no pactar con la extrema derecha. Vox vino a reventar eso, y a empujar al PP hacia posiciones más duras.
En enero de 2020, Sánchez formó el primer gobierno de coalición de la democracia española: PSOE y Unidas Podemos. Rojo y morado juntos. Iglesias, el de la coleta, vicepresidente. Dos meses después llegó el coronavirus.
Marzo de 2020: el encierro
—Carlos, tenés que entender esto. Fue lo más fuerte que vivió España en democracia, sin comparación.
El 14 de marzo de 2020, un sábado, el gobierno declaró el estado de alarma por el covid-19. Confinamiento total. Nadie podía salir de su casa salvo para comprar comida, ir a la farmacia o al hospital. Los chicos no salieron a la calle durante seis semanas. Las bodas, los entierros, todo. El silencio en las ciudades era absoluto, se escuchaban los pájaros en Madrid.
Y la gente se empezó a morir. Mucho. Rápido. El 2 de abril de 2020 murieron casi mil personas en un solo día. La gente se moría sola en los hospitales, los cuerpos se acumulaban en pistas de hielo porque los tanatorios no daban abasto —literal, el Palacio de Hielo de Madrid se usó como morgue—. Los abuelos se morían solos en las residencias. Los médicos usaban bolsas de basura como batas porque no había equipos de protección.
A las ocho de la tarde, todos los días, la gente salía a los balcones a aplaudir a los sanitarios. Era un ritual. Era lo único que nos sacaba del encierro unos minutos.
Las cifras oficiales hablan de unos 150 mil fallecidos entre 2020 y 2023, cuando se dio oficialmente por terminada la emergencia sanitaria. El peor mes fue abril de 2020, con más de 26 mil muertes en treinta días. La esperanza de vida cayó casi dos años de golpe. La economía se hundió: en el segundo trimestre de 2020 el PIB cayó casi un 18%. Muchos restaurantes, bares y hoteles no volvieron a abrir.
Europa mandó plata: los fondos Next Generation, decenas de miles de millones de euros. Algunos se usaron bien, otros mal. Más tarde salieron casos de corrupción —el caso Koldo, por ejemplo, un asunto de comisiones por mascarillas que salpica al entorno del PSOE y todavía está abierto—.
En 2021, un volcán enterró un tercio de la isla de La Palma. En 2022, Rusia invadió Ucrania. En 2024, una riada tremenda —la DANA de Valencia— mató a más de 200 personas y expuso la inoperancia del gobierno autonómico valenciano. Los golpes no paraban.
2023: amnistía y ruptura
—En julio de 2023, Sánchez adelantó las elecciones. Ganó el PP, de un gallego nuevo llamado Alberto Núñez Feijóo —expresidente de la Xunta de Galicia, hombre moderado, perfil institucional—, pero no le alcanzó para gobernar ni aun pactando con Vox. Le pasaron la pelota a Sánchez.
Y acá vino lo más polémico. Para que lo invistieran, Sánchez necesitaba los siete votos de Junts, el partido de Puigdemont, el prófugo. Y Junts le pidió una ley de amnistía para los condenados del 1-O. Borrón y cuenta nueva para los que habían declarado la independencia.
El PSOE, que durante años había dicho que amnistía jamás, cambió de posición en semanas. El 16 de noviembre de 2023, Sánchez fue reinvestido con 179 votos. Miles de personas salieron a protestar. La oposición habló de traición a la Constitución. Los partidarios, de pacificación. El Tribunal Constitucional terminó avalando la ley. El Tribunal Supremo se resiste a aplicarla del todo. El asunto sigue abierto.
Hoy, abril de 2026
—Llegamos a hoy, Carlos. España tiene un gobierno de coalición que se sostiene con alfileres, PSOE y Sumar —que es lo que quedó de Podemos tras varias escisiones, liderado por una gallega comunista llamada Yolanda Díaz—, sostenido por los votos puntuales de los independentistas catalanes y vascos. La oposición es PP y Vox, que no se soportan pero van a tener que entenderse si quieren gobernar algún día. Felipe VI aguanta, sobrio, en la Zarzuela. La Constitución del 78 cumple 48 años en diciembre y nadie se atreve ni a tocarla ni a defenderla del todo.
Lo que pasa afuera
—Pero Carlos, hay algo más que te tengo que contar, porque lo que pasa en España no pasa aislado. El mundo entero está girando hacia la derecha, y cada vez más hacia la derecha dura, la que no pide permiso.
En Estados Unidos, Donald Trump ganó las elecciones por primera vez en 2016, perdió contra Biden en 2020, y en noviembre de 2024 volvió a ganar, más fuerte que nunca. Hoy está de vuelta en la Casa Blanca desde enero de 2025, poniendo aranceles, expulsando inmigrantes en aviones militares, cuestionando la OTAN, amenazando con quedarse con Groenlandia.
En Argentina —mi país, Carlos— en diciembre de 2023 ganó Javier Milei, un economista liberal, anarco-capitalista, con una motosierra de utilería como símbolo de campaña. Prometió dinamitar el Estado argentino y está en eso: cerró ministerios, despidió a decenas de miles de empleados públicos, dolarizó la economía de facto. Está enfrentado con la casta política tradicional y recibe aplausos de medio mundo.
En Italia gobierna Giorgia Meloni desde 2022, de Fratelli d'Italia, con raíces postfascistas. En Hungría manda Viktor Orbán desde hace más de quince años, con un modelo que él mismo llama "democracia iliberal". En Francia, Marine Le Pen estuvo a un palmo de la presidencia en 2022 y su partido es hoy la primera fuerza de la Asamblea. En Alemania, AfD —extrema derecha— se convirtió en 2025 en la segunda fuerza parlamentaria. En Países Bajos ganó Geert Wilders. En Portugal, Chega creció de la nada a tercera fuerza en un par de años.
Es una ola, Carlos. Una ola global. Y la pregunta no es si la ola va a llegar a España con fuerza —porque ya llegó, se llama Vox— sino qué tan alto va a subir.
—¿Y por qué pasa esto?
—Hay muchas teorías. Te dejo las principales: la gente está cansada de una clase política que gestiona mal, que se enriquece, que no rinde cuentas. La inmigración masiva, sin integración real, crea tensiones en los barrios obreros de todas las ciudades europeas. Las clases medias sienten que pierden poder adquisitivo año tras año mientras los de arriba se hacen cada vez más ricos. El wokismo académico y mediático —el exceso identitario de cierta izquierda— le regaló a la derecha una bandera fácil: "el sentido común contra la locura". Y las redes sociales amplifican todo: rabia, indignación, polarización. En ese caldo, los partidos tradicionales parecen anémicos y los que gritan más fuerte se llevan el voto.
Todo esto tiene un componente estructural y un componente coyuntural. El estructural es real: la globalización dejó ganadores y perdedores, y los perdedores ahora votan. El coyuntural es manipulable: los demagogos saben aprovechar el enojo. La combinación es explosiva.
Un mensaje para el futuro
—Carlos, antes de que te vuelvas a tu cueva o a tu planeta o adonde sea que vas ahora, te dejo una cosa.
Lo que vas a ver en los próximos años es probablemente el fin de un ciclo. El ciclo que empezó en 1945 después de la Segunda Guerra Mundial, que en España empezó en 1978 con la Constitución, que construyó un orden liberal, democrático, internacional, basado en el consenso entre centro-derecha y centro-izquierda. Ese orden está crujiendo en todo el mundo a la vez, y no por casualidad.
Lo que venga después no se sabe. Puede ser mejor, puede ser peor. Puede ser una renovación democrática con instituciones más eficientes, menos corrupción, más cercanía entre representantes y representados. O puede ser un retroceso autoritario con democracias iliberales tipo Hungría, donde las elecciones existen pero los checks and balances se van erosionando poco a poco.
Lo que pase dependerá, en parte, de cómo respondan las instituciones. Si los partidos tradicionales se reforman, si la justicia se mantiene independiente, si la prensa sigue libre, si la sociedad civil sigue activa, probablemente la ola se canalice. Si todo eso falla, si los partidos tradicionales se cierran sobre sí mismos y la corrupción sigue, la ola se va a tragar todo.
España tiene una ventaja que otros países no tienen: su Constitución es hija de un consenso, no de una imposición. Se firmó entre gente que venía de odiarse. Si los españoles se acuerdan de eso, de que acá las cosas se arreglan hablando aunque cueste, van a salir. Si se olvidan, van a repetir lo peor de su propia historia.
El marciano agarró la servilleta y escribió: "creo que entendí un poco".
Me reí. Le serví la última copa —acá sí, el albariño prometido, Rías Baixas, bien frío—. Afuera se ponía el sol sobre el Mandeo. Le dije que quince años atrás, la noche que él aterrizó, España era el país del mundial. Y que quizá el problema era justamente ese: haber creído, aunque fuera por una noche, que un país podía salvarse con un gol.
Carlos me miró con su único ojo. Levantó la copa.
—Por el gol —dijo.
—Por el gol, Carlos —le contesté—. Y por lo que venga.
Y brindamos.

Ignacio Uriel Galetto Rodriguez
🇦🇷 Cordobes en 🇪🇦 Betanzos ❤️ por el ☕️ Modelo '97 👨🎓Institucionalista Minarquista Republicano Improvisando hasta que encuentre mi sitio 🍮
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