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¿Puedo vivir de esto?

May 30, 2026

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¿Puedo vivir de esto?
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Siempre sentí que todo el mundo sabía qué hacer con su vida. Bueno, seamos menos dramáticos: por lo menos la gente que me rodeaba lo tenía muy claro.

Mis compañeros del secundario sabían qué iban a estudiar y a qué se iban a dedicar. Cuando llegó mi momento de elegir, me gustaba todo. Empecé a descartar y quedé entre trabajo social y comunicación. Ganó comunicación porque iba a ir con una amiga. Lo único que sabía es que quería hacer algo importante, marcar, dejar una huella, que sirviera de algo.

Luego tuve que elegir especialidad en la facultad, y de nuevo todos la tenían clara, y yo simplemente dudaba. Elegí Gráfica porque me dijeron que era lo más compatible con tener un trabajo y que se iba a poder sostener para no tener que dejar mi fuente de ingreso.

Al terminar la carrera, mis compañeros sabían qué querían. Trabajar en medios, crear programas de streaming, dictar charlas, hacer notas. Cosas tangibles, cosas que se veían, cosas que se entendían solas cuando las explicabas.

Yo daba clases en mi casa a chicos de diez años.

Y durante mucho tiempo, eso me parecía poco. No como trabajo, eso ya lo fui resolviendo. Sino como camino. Como identidad. Como respuesta a la pregunta que no me animaba a hacerme en voz alta:

¿Este va a ser el punto máximo de mi vida?

No podía soltar las clases porque el compromiso era anual, y a fin de año, cuando intentaba buscar otra cosa, nunca conseguía nada. Había hecho miles de cursos desde la pandemia, pero en ramas distintas, sin especializarme en nada. Sentía que no estaba construyendo un camino sino miles, y que ninguno llegaba a ningún lado.

Y encima había hecho cinco años de carrera que, según yo, no tenían nada que ver con lo que hacía. Entonces sentía que tenía que elegir: o salía de la facultad para hacer algo “de comunicadora”, o me quedaba dando clases y había desperdiciado todo ese tiempo. Las dos opciones se sentían como una derrota.

Lo peor no era la incertidumbre económica, era el estigma que yo misma me había construido: que dar clases era una pavada. Que no era un trabajo real. Que quién en su sano juicio aspira a eso.

Lo que no podía ver, y tardé años en verlo, es que siempre hubo tres cosas en mí que querían unirse: la comunicación, el arte y la educación. Estaban ahí desde el principio. Pero como el proceso no se parecía al de nadie más, como no había un camino trazado que pudiera seguir, asumí que estaba perdida.

Mi psicóloga me preguntó una vez: “¿Es tan terrible no hacer algo relacionado a tu carrera?”

Al principio sí me parecía. Después empecé a no tener una buena respuesta.

Una amiga me dijo que una licenciatura, aunque no la ejerzas, es una puerta que abre otras puertas. Mi papá me decía que me daba herramientas aplicables a cualquier ámbito. Tardé en creerles. Pero el año pasado hice algo que nunca había hecho: escribí una lista de todo lo que quería hacer o dedicarme, y me largué a probar. Organicé dos eventos: uno de collage y poesía, otro de lectura de carta natal. En los dos convoqué a otras profesionales, dirigí, contuve el espacio. Los dos salieron bien. Los dos fueron hermosos.

Y ahí empecé a entender que comunicación, arte y educación no eran tres caminos distintos. Eran el mismo, visto desde ángulos diferentes.

No sé si puedo vivir de esto para siempre. Pero sé que puedo vivir de esto ahora. Y que “esto” —las clases, los eventos que organizo cada tanto, los proyectos que van apareciendo— es mucho más grande de lo que creía cuando me preguntaba, con miedo, si alguna vez iba a ser suficiente.

Bitácora de una mente inquieta

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