Cada vez que suena “Promesas en el bidet”
y la canilla deja caer su danza tibia,
pienso en vos, Agustina.
Pienso en el vaho de tu nombre
cruzando océanos como un suspiro
que no se evapora nunca.
En Madrid son cinco horas más tarde.
Tu madrugada me encuentra en mi oficina,
escribiendo mails que nadie leerá con atención,
como se lee una piel sin deseo.
Mi esposa duerme en la habitación de al lado,
y sin embargo,
tu risa —recuerdo con forma de espiral de humo—
me besa el cuello
con la audacia de lo que nunca fue.
¿Te acordás de mí?
Yo te pienso todo el tiempo.
Te pienso como se piensa una ciudad
antes de conocerla:
con mapas torpes,
con hambre,
con el error de la distancia.
Hay días en que creo que toda mi obra
—estas palabras que duelen sin herida—
existe solo para justificar
que algún lector me lleve a Madrid,
me pague el pasaje a vos.
Agustina,
¿cuántas veces un poema sirve como pasaje?
¿Dónde se depositan los versos extraviados
que nunca llegan a destino?
¿En qué correo se archivan los besos no enviados?
No sé cómo buscarte.
Por eso escribo.
Porque la poesía es la única forma que tengo
de tender la mano
sin que tiemble.
Mientras el bidet susurra como un amante paciente,
y el agua me lava el cuerpo
pero no la memoria,
pienso:
hay belleza en estas pequeñas cosas.
En saber que te pienso
aunque ya no sepa
cómo pronunciar tu ausencia sin desarmarme.

Giovanni Battista Manassero
Escribo para encontrar lo extraordinario en lo cotidiano, entre el absurdo, la nostalgia y el mate bien amargo.
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