Yo, quien había prometido jamás volver a quemarme, me acercaba cual imán a su fogosa presencia sin poder detenerme. No lo entendía. Era como si todo ese tiempo antes de conocerla hubiera tenido mucho frío, al punto de haberme insensibilizado. Y ella con una sola mirada, me derritió con una dulzura inexplicable. Su presencia, cálida cuál abrazo, aceleró mi corazón después de meses en quietud. Esa cómoda frialdad que había habitado tanto tiempo, y que pensaba impenetrable, se derrumbó a una velocidad inimaginable para mí. Yo, quien había prometido jamás volver a quemarme, le hubiera rogado por unos segundos más a la luz de su fuego.

Luz de la Noche
Bienvenida, pequeña luciérnaga. Te invito a encontrarte y desencontrarte en mis letras
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