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proezas disonantes.

Mar 8, 2026

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El café enfriándose en su palma temblorosa lo trajo de regreso a la realidad. Su mente, como era usual, se había perdido entre recuerdos vagos que iban tomando forma a medida que sus orbes cansados se deleitaban de aquella arquitectura antigua característica de una comunidad religiosa.

Había crecido escuchando las quejas de sus padres acerca de lo tétricas que podrían lucir las catedrales a cualquier hora del día, haciendo énfasis en las figuras religiosas que adornaban las paredes de ese tipo de lugares. Sin embargo, su criterio sobre el tema distó de aquellas opiniones al caer en cuenta de la cantidad de información que podría albergar objetos tan simples como una banca o un pequeño habitáculo aislado donde la gente iba a susurrar las actividades ilícitas que habían cometido durante la semana.

La ironía se hizo presente en su vida cuando la primera visita a la iglesia de su zona se convirtió en un pasatiempo que solía realizar en aquellos días donde el cansancio era mínimo y su cuerpo se encontraba en las condiciones adecuadas para buscar un asiento lejano en el cual reposar y escuchar la misa, retirándose poco antes de que empiece la consagración. Varias veces había sido pillado por uno que otro monaguillo, quienes lo invitaban amablemente a la ceremonia religiosa para luego dejarlo ir al ver su rostro tenso, renuente a quedarse.

La culpa se avivó cual cerillo consumido por una llama provocada; primero lo golpeaba con rapidez para después alojarse paulatinamente su pecho hasta dejar esa sensación de rigidez que le impedía respirar de forma correcta. Dicho dilema lo llevó a preguntarse de manera consecuente si era adecuado poner un pie dentro de un lugar sagrado cuando su corazón vivía atormentado por cargas que no le correspondían, y que, en vez de mermar, parecían multiplicarse sin control. Su cabeza era un torbellino de pensamientos autodestructivos que lo convertían en un ser lleno de amargura e impotencia, cansado de esa búsqueda eterna de paz.

No obstante, sus piernas se movían por cuenta propia luego de cerrar la cafetería al terminar su turno vespertino, llevándolo casi por inercia hasta el sitio que tanto conflicto le ocasionaba; porque si bien la tranquilidad que le generaba era inmediata, no podía huir de ese cuestionamiento constante sobre ser indigno de un establecimiento de ese calibre. Y pese a tener esa disputa interna, todavía disfrutaba de contemplar las estatuas inertes de personas canonizadas que en algún momento fueron un ser humano más como él.

Las figuras de María acunando a un infante Jesús entre sus brazos siempre le generaban una emoción inusual; una tristeza profunda al rememorar la historia detrás de aquella santa. De alguna forma se sentía identificado con el dolor de la misma, por lo que solía dedicarle gran parte de tiempo a contemplar las lágrimas de cera que pintaban las mejillas sonrojadas de la mujer, dándole un aspecto lastimero que podía proyectar en sí mismo.

Por ello, plasmó su sentir a puño y letra en un papel descolorido que desprendía un olor que parecía una mezcla de polvo y humedad, depositando éste en una pequeña urna de madera que se utilizaba para confesiones anónimas, las cuales agradecía ante su cobardía de visitar los confesionarios.

Una vez se aseguró que la nota doblada se encuentre dentro del recipiente, se marchó del lugar a pasos ralentizados, recordando el texto escrito con su caligrafía desastrosa, sintiendo cómo ese nudo en su garganta iba aflojándose poco a poco, contento de haber salido de su zona de confort al compartir algo que ocultaba de forma recelosa.

« Sé lo que sientes. Sé lo que es ver a la persona que más amas en el mundo ser lastimada y no poder hacer nada para detener aquel sufrimiento. Sé perfectamente el dolor que se experimenta cuando te arrebatan de la manera más cruel a un ser querido. Te entiendo. »

tomás vauxer

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