Hace tiempo que vengo notando que cada vez escribo menos, cada vez dibujo menos, cada vez imagino menos. He reducido casi totalmente mis facultades cognitivas al servicio de la productividad. Mi soldado más fuerte, mi más leal y confiable de mis recursos internos, mi fuente creativa ha estado sirviendo a fines productivos y comerciales. Con el agravante de que no he estado obteniendo buenos resultados.
Siempre me proclamé del palo de los artistas, de los sensibles, de los que tienen esa energía rara y ese olfato especial para cosas que otros no entienden. Desde chica sufría horrores con las malas notas en matemática, física y química, pero me desenvolvía con muchísima más comodidad en arte, música, teatro, literatura. Pronto descubrí que el pensamiento abstracto era mi fortaleza y construí allí un hogar, en las palabras, en los trazos, en el arte. Un espacio donde podía ser yo, un amigo en quien podía confiar. Me permití soñar, un poco más por lo menos. Dejé de pensar que estaba fallada, sino que el mundo aplaudía otras cosas que no eran lo mío y que había gente igual que yo, otros extraterrestres que también veían cosas donde los demás no. Y en el fondo todos nos sentíamos raros.
Pude hacer de mi sensibilidad, empatía y capacidad de reflexión, mi profesión. Desenvolverme en el noble arte de ayudar a otras personas a atravesar sus propios mundos internos. Y eso me dejó la conciencia tranquila mucho tiempo. Pero mientras más me formaba, más me estructuraba. Mientras más trabajaba, más pensaba en la plata. Mientras más crecía, más me alejaba. Y ahora solo puedo pensar en qué tengo que hacer para que esta marioneta de adulta que he construído, no se caiga.
Me di cuenta que con fines productivos, la imaginación no se siente igual. Cuando tiene que pasar por el filtro de las redes sociales, para generar engagement, para hacerse viral, la cratividad termina siendo otra puta en un burdel. Abusada, sobreexigida, maltratada y desmoralizada. ¿Cómo algo tan elemental puede ser corrompido y escalvizado bajo el mandato del sistem? Y lo que es peor, vendida por voluntad propia.
Ahora ya está. Aunque lo intente, algo se rompió. Nada de lo que escribo vuelve a ser como antes, es como si mi creatividad estuviera resentida, o tal vez está solo agotada. O tal vez nada me parece suficiente, porque quiero medirlo en términos productivos, y ella no puede ser encarcelada de esa manera. Quisiera agarrar a mi creatividad y decirle que la extraño, que extraño cuando venía a mí sin previo aviso, cuando inundaba mi mente de palabras que corrían como un río violento y lleno de vida, que extraño cuando juntas jugabamos en el patio de mi jardín a encarnar almas ficticias que buscaban quien les diera un cuerpo para transitar un rato por aquí. Extraño los cuentos, las poesías, los bailes, dramas y lágrimas.
Quisiera decirle que aún la siento, que a veces la descubro entre algunas notas, detrás de una mirada, colandose en una suave brisa, que aún la escucho murmurar entre las hojas, las verdes y las blacas también y me llama a veces con palabras que no logro entender, justo en los momentos en que no la puedo agarrar, entre la vigilia y el sueño, en la ducha, en medio de una conversación. Quisiera pedirle perdón. Perdón por traicionarla, perdón por no escucharla, perdón porque cometí un grave error, no la aprecié, no la valoré, no la cuidé. Dí por hecho que podía hacer con ella cuanto quisiera, y no me detuve a pensar, o mejor dicho a sentir. No me detuve a escuchar. Seguí en piloto automático en esta maldita carrera sin fin que no lleva a ningún lugar.
Esta carta es para vos, mi querida creatividad. Porque la productividad te quiso matar. Porque casi lo permito, enceguecida, atontada, anestesiada. Pero ya recobre la conciencia, estoy tratando de salir de esa somnolencia, quiero volver a ponerme de pie. Quiero luchar por vos, por nosotras, quiero resistir. Quiero vivir.

Valeria Tuma
Solo otra partícula con consciencia, flotando en esta incomprensible familia de esferas que giran alrededor del sol.
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