Me sorprendió la fuerza que tenía. Me sorprendió que no paráramos de girar y que, aun así, no me sintiera mareada. Cada vez estaba más lejos del piso, incluso de él, pero igual no me soltaba. El atardecer era de un rosa oscuro, y la luna se había colado entre las ramas de un árbol. Era luna llena. Solo se podía escuchar el agua y quizá algún grillo a la distancia; no lo sé. Lo único en lo que pensaba era en cómo podía girar con tanta fuerza, tan lejos del piso.
Me encantaba estar así, tan liviana, tan antigravedad, pero me sentía culpable. Como si, de alguna manera, él se diera cuenta de mi felicidad por volar y decidiera, por fuerza de voluntad, mantenerme en ese estado. Intenté ayudar y puse una mano a cada lado para que no tuviera que hacer todo el esfuerzo él solo. ¡Qué fuerza que tenía! Parecía que no se iba a cansar nunca.
La culpa me superó. Abrí los ojos, sentí el contacto del piso primero en un pie, luego en el otro. Me separé de él y le pedí perdón. No me dijo nada, solo me miró, tratando de entender. Hombre que sabía sostener incluso el silencio.
—No puedo creer que me hayas levantado tan alto y hayas girado tanto tiempo —le dije.
Y me respondió:
—Eso no pasó. Simplemente nos besamos.
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