separas tus costillas y aquel castillo alberga algo más bello que solo una víscera— (re)construí allí, en medio de tus pulmones, la cuna de mi resurgimiento y donde mis sentidos se desbordan. purifícame en tu sangre densa, pues todo lo que sale de ti, exuda lo afable de querer; arráncame la carne y construye con ella lo mismo que yo hallé en ti: tregua, pues no hay guerra que no perezca ante el letargo que inducen tus palabras.
y entonces, vuelvo a ser un niño; carezco, lloro y me arrastro: ¿me esperarás en el final de aquella realidad, vida mía? ¿o aquello que eres capaz de curar consta de límites? me componen los incendios y las heridas— soy la vivencia fétida de aquellos a los que violentaron en nombre del amor, pues no hay corte en mi cuerpo que no cicatrice con espigas; carezco de tanto, y aún así, te ofrezco todo: he dejado de ser humano, vida mía, pero el dolor que percibes gotea humanidad, y tú, bebes de ella.
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