El ser humano promedio tiende a divagar por el principio obsoleto de que en toda forma de existencia hay un trazo de bondad, algo que persiste, que se aferra incansablemente a descortezar la crudeza para ver lo marchito germinar.
De giros y direcciones tendemos a hablar, como siempre, pero aprendemos a precipitar. Esos cruces bruscos que uno reconoce después de que el motor apacigua junto al pare, el pavimento resquebrajado a los lados, y la luz neón que nos saca de sopetón.
Tendemos a mirar desde dentro como si fuese posible escabullirse en el sentir inasible. En el pulso vibrante que tensa el caudal de una historia que no se puede contar. Exponemos y replicamos la misma escena desde que tenemos uso de razón, tomamos el pomo de la misma puerta y tenemos la mala costumbre de dejarla entreabierta, en medio de esa conocidísima protesta con tintes de indecisión, obtener nunca fue nuestra virtud. Pues el júbilo hogareño fue nuestro yugo, nuestro mapa y nuestras cientos de noches rebosantes de rochelear.
Como todos, me desparramo en el golpe seco del ventarrón ahora que el tiempo pasó. Abstracción suya fui, la pequeñísima adoración de la monotonía del vivir. Un lugar de amor. Ese calor donde el desencuentro cruel no tendría cabida, pero luego sabías que la tenía. Padeciente en medio de la humildad de nuestro vínculo, los roces, la intermitente luz roja y la desorientación fue lo de menos a medida del crecimiento.
El dolor fue rendir cuentas a coexistir cuando la mutabilidad del futuro no daba para más, cuando tu vida ya no es tuya, pero tiempo atrás parecía importar. Es vivir teniendo la esperanza postergada, todo por el bien de los demás.
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