Afirmar que el metal argentino “está en peligro” es otra de esas frases hechas que, con el tiempo, se refutan y quedan olvidadas en el sinsentido que el contexto de turno sostenga. Sin embargo, existe en esa afirmación un hálito de realidad, y trataré de dar luz a ello.
Hace tiempo sostengo que es sano que en todo género musical existan espacios mainstream y emergentes equilibrados, y que es igual de importante que las pequeñas, medianas y grandes compañías de la industria apoyen esta integración, a pesar de que muchas veces —si no todas— esta balanza se torna desigual e irregular.
El músico está en un campo de batalla donde lo performático prevalece y la individualidad se hace presente sobre todo proceso comunitario, y es en este mundo digital, veloz y efímero, donde el cuarto arte debe echar raíces cortas para cultivar gordos y tupidos árboles.
“Es de decisiva importancia que el modo aurático de existencia de la obra de arte jamás se desligue de la función ritual”, argumentaba Walter Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Una máxima que se perdió entre tanta reproducción y serialización de la cultura moderna. Una máxima que se diluye de sentido en el mundo líquido y efímero que transitamos.
Pero ¿por qué hablar de todo esto? ¿En qué momento se tratará el foco de este artículo? La importancia de esta introducción yace en el acervo cultural que guarda per se. Pues sería mucho más complejo explicar cómo los condicionamientos económico-sociales de un país dificultan la introducción de nuevos proyectos en la industria sin antes comprender cómo funciona dicha empresa: reproducción, serialización, modelo.
El metal argentino “está en peligro” porque el género sufrió crisis globales emparentadas con el contexto de hipermediatización y performatividad en el que vivimos. Pues ha dejado de ser un lugar de culto para poco a poco transformarse en un lugar que es acuñado por la globalidad. Lo cual no es algo malo per se, pero sí que, en su etapa actual, corrió los límites de su estandarización.
Este ajuste en la “modernización del metal” deja como inexistente a cualquier cosa que no esté inserta en este modo de construcción hegemónica, en un mundo en el que nuestro algoritmo moldea las cosas que nos gustan y nos dispone en pequeñas burbujas aisladas.
El metal argentino “está en peligro” porque dicha “modernización” requiere contar con los recursos económicos suficientes para ingresar a una industria que habitualmente expulsa y condiciona, explota y denosta el valor “aurático” de la música.
Sin olvidar que detrás de todas estas características cuantitativas existe algo más allá de toda significación matemática y que guarda lo más humano que aún perdura en el tiempo moderno: armar un proyecto artístico requiere de muchas personas con distintas historias, voluntades y capitales disímiles de toda índole.
Entonces, ¿cómo proteger un espacio cuando es continuamente expulsado? En este sentido, no solo hablo de la industria, sino también de —teniendo en cuenta lo antes expuesto— cómo utilizamos y experimentamos el arte en líneas generales.
En Argentina, Rata Blanca cuenta con alrededor de 3,1 millones de oyentes mensuales en Spotify, mientras que bandas icónicas como Almafuerte o Hermética se encuentran por debajo del millón. Lo que indica que la masividad solo queda expuesta a la nostalgia. Pero ¿qué pasa con lo que está en los márgenes?
Las bandas del metal under argentino apenas alcanzan el millón de reproducciones en plataformas digitales. Muchas de ellas, siempre con dificultades para alcanzar la estandarización de calidad que requiere el mercado global del género o simplemente sin poder llegar a tener material que funcione como carta de presentación mediática.
El metal argentino “está en peligro” porque su audiencia exige un recambio generacional muy grande, hecho que tuvo lugar en el rock nacional argentino y en el trap —de cierta forma y obviando muchas otras cuestiones que no trataré en este artículo—, pero que hizo agua en un género que cierra su burbuja cada día más.
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Elías Brizuela
Escritor, periodista y fotógrafo. 29. Me dedico a la comunicación pero escribo por la necesidad de mi alma por contar las otras historias, los otros sentimientos.
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