Herida, como un pájaro enjaulado
que encontraron, lastimado, y curaron.
Al salir al exterior, no entendía
el dolor que habita en la alegría.
Me explicó un ser alado.
Luego se hizo a un costado,
voló hacia la rama más alta
y cantó que, en un mundo equivocado,
desgarrado,
es un acto honrado
no tener que elegir entre amar y ser amado.
Me fui despacio, finalmente.
Mi huida:
la de siempre, la de toda mi vida.
Con el amor entre los dientes.
Tu ausencia, la de siempre,
se quedó conmigo
mientras te volvías transparente.
Y aquel silencio, el de siempre,
duró hasta el presente.
Decoré el tiempo con lágrimas,
convertí el reloj en fuente:
sin monedas.
El dolor duró lo que duró sentirte
en el corazón donde no quisiste quedarte,
al que nunca volviste:
Donde no dejaron de quererte,
mi angustia y mi mala suerte
que, al verte, entienden
que ya no sos quien entonces eras.
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