Con los años desarrollé la capacidad de distinguir con el rabillo del ojo el movimiento de unos seres que habitan una dimensión que convive en tiempo y espacio con la nuestra. Con el rabillo del ojo, verás. Siempre me sorprenden, sobre todo entre las bolsas de basura sin dueño de la vereda, o en la esquina en la que se filtra la luz de la habitación contigua. Logran directamente asustarme cuando los capturo in fraganti en el rostro de alguna persona desprevenida que no se percata de tal coincidencia. De repente me giro bruscamente para intentar ver de manera directa y frontal, para que no se me escape en ese movimiento el bicho, pero lo único que consigo es despertar el asombro de la persona a quien en efecto acabo de mirar. Y sin querer queriendo, la mirada se termina por clavar en la nariz (o la oreja o el ojo o la comisura de los labios) de una cara desconocida (o conocida, qué más da) que no entiende. Pero algunas miradas sí me son devueltas y esas me dan más miedo. No entienden lo que intento encontrar en sus rincones, ¿cómo podrían hacerlo? Si lo digo me prenden fuego. No. En cambio, trato de achicarme para enmendar mi arrebato irracional. Jamás podré verlos de frente y sin embargo lo intento. En cuanto caigo en mí, en su mirada que también busca en mi algo que no entiendo, y cambian los roles, me atoro con excusas porque no quise provocar eso pero lo hecho está hecho. La mirada es un cuerpo tatuado con símbolos ancestrales y algunos ya los conozco. Pienso y me digo que quizás si lo quise un poquito. Estos seres me juegan una mala pasada porque conocen esa dimensión que para nosotrxs es simplemente surreal, en donde se disputan sentidos sin significantes, huecos sin frontera por los que se arrastran sonidos profundos salidos del chip de un celular. Seres que no saben de cuerpo, pero sí de movimiento y confusión, caos y azar en ese caldo extraño que se cocina todo el tiempo al lado nuestro.
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Rocío Giménez Ferradás
Hola! Soy dibujante pero las palabras son un jardin en el que refugio el pensar
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