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Poesía inicial.

De ser.

Aug 21, 2026

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Poesía inicial.
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Niño de piel, de cicatrices abecedario. Hay sobre ti una caligrafía que no aprendiste a leer: pequeñas grafías de dolor, accidentes de la carne, vestigios de todo aquello que alguna vez quiso hacer de tu cuerpo un archivo. Te miro y pienso que algunas personas envejecen únicamente por fuera; adentro conservan una criatura insolente, todavía crédula, que no ha terminado de aprender la malicia del mundo.

Como un castillo de arena crece tu labia: arquitectura de humedad y vanidad, torreones que levantas con las manos para después contemplarlos ceder ante la primera marea. Hablas, tropiezas. Vuelves sobre la palabra. La adornas hasta hacerla irreconocible y, en el descuido, dejas asomar el error. No te avergüences de ello. Hay una belleza particular en lo que todavía se encuentra aprendiendo su propia forma.

Tus tropiezos alborotan cuanto intentas mantener quieto. Una sílaba mal puesta, una confesión precipitada, el gesto que traiciona aquello que la boca pretendía sepultar. Y después vienen los ojos: ese pequeño desastre donde el llanto comienza sin pedir permiso, acumulándose detrás de los párpados hasta convertirlos en una frontera inútil.

Llanto irreversible.

Qué palabra tan injusta para algo que, tarde o temprano, siempre termina cediendo.

Déjalo caer.

Hay lágrimas que no merecen vergüenza, únicamente testigos.

Es un acto romántico enseñar. Cuidar. No como quien corrige una criatura defectuosa, sino como quien acerca una lámpara a una habitación que ya estaba habitada y, de pronto, descubre cuánto desorden había en la penumbra. Hay cierta intimidad en prestar las manos para aquello que no sabe sostenerse todavía; cierta voluptuosidad en conocer las imperfecciones ajenas sin convertirlas en mercancía.

Vamos a reunirnos junto al mar.

Vamos.

Sin solemnidad. Sin promesas que envejezcan antes de haber sido pronunciadas.

Te contaré vaga poesía mientras las olas ensayan su perpetuo regreso contra la arena. Te hablaré de cosas probablemente inútiles: de la espuma que parece tener memoria, de las conchas que guardan un rumor que nadie sabe traducir, de los nombres que el agua borra apenas terminan de escribirse. Y mientras tanto, el oleaje irá mojando nuestros pies, trepando por los dedos, dejando sobre la piel una delgada película de frío.

Quizá me escuches.

Quizá no.

Si para ti sólo es un momento, no indagues.

No le abras el vientre a la tarde para encontrarle una explicación.

Hay instantes que pierden su delicadeza cuando se los obliga a confesar su propósito.

Déjalo ser breve.

Déjalo ser hermoso.

Todavía queda inocencia, aunque sea en cantidades miserables. Un residuo. Una sustancia casi extinguida que sobrevive debajo de la costra de los días, entre la arrogancia aprendida y las cicatrices que uno termina llevando con una familiaridad obscena. La pureza no siempre desaparece; a veces solamente aprende a esconderse.

Y yo sé reconocerla.

Por eso, cuando te miro, no veo únicamente aquello que has hecho de ti. Veo también lo que todavía no has conseguido destruir.

Esa criatura pequeña que se asoma detrás de tus ojos cuando el cansancio desarma tu rostro.

Ese niño que todavía se sorprende cuando lo quieren.

Ese que aún no comprende por qué algunas caricias parecen disculpas y algunas despedidas tienen el peso de una condena.

Para mí, las inquietas aguas soy yo.

No te lo digo como metáfora decorativa, sino como confesión.

Soy el oleaje que no aprende a retirarse del todo; la insistencia húmeda contra una tierra que jamás termina de pertenecerme. Soy aquello que avanza demasiado, que retrocede arrepentido, que vuelve a intentar tocar lo mismo aunque ya conozca la inutilidad del movimiento.

Quizá por eso te reconozco.

Porque hay en tu fragilidad una forma de tempestad que también me pertenece.

Porque tus cicatrices no me parecen ruinas y tu llanto no me resulta una calamidad que deba ser corregida. Son apenas la gramática de alguien que ha vivido; una sintaxis imperfecta, sí, pero todavía capaz de decir algo hermoso.

Porque debajo de la piel marcada, de la labia torpe, de las palabras que se atropellan y de esa marea que insiste en desbordarte los ojos, todavía existe un niño que conserva una pureza casi absurda.

Y qué extraño privilegio querer a alguien precisamente ahí: en el sitio donde todavía no sabe defenderse del cariño.

La tarde continuará oxidándose sobre el agua. La espuma perderá su forma apenas toque la arena. Nuestros pasos quedarán escritos durante unos segundos y después serán confiscados por el mar.

No habrá tragedia en ello.

Algunas cosas nacieron para desaparecer.

Otras, para volver.

Yo volveré.

Tú puedes llorar.

El mar puede tragarse nuestras huellas.

Y mientras las aguas inquietas sigan viniendo a besar aquello que siempre termina por ceder, dejaré que el silencio haga lo que mi lengua no sabe.

Porque hay ternuras que, cuando se explican, se vuelven ordinarias.

Y la tuya no merece semejante profanación.

De ser.

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