Pensaron que tenían la llave.
Que sus manos serían participes.
Que la gente apoyaría
y los corazones gritarían sus nombres.
Quisieron acallar
aquellas,
las voces más fuertes,
los espíritus que seguían,
obsesivamente,
sus débiles pasos.
Intimidaron a los que pensaron distinto.
Los persiguieron
y esperaron,
incesantes,
su derrota.
Especularon con su caída
Pensaron que los tiempos apremiarían,
pero eso,
en contra de sus expectativas,
no pasó.
Aquel que caminaba sin culpas
fue ahora alcanzado.
Libres de piedad.
De remordimientos.
Caminarán sin prisa.
Vivirán sin honra.
Maldecirán sus nombres
quienes caminen por este suelo.
Esperarán que absuelvan
todos y cada uno de sus pecados.
El recordatorio es fulminante.
No existirá vehemencia al recordarlos.
Nadie llorará sus nombres
ni llevarán flores a sus tumbas.
Los acallará el peso de los años.
Y esa condena,
ese martirio,
es suficiente.
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