Las estrellas perdieron sentido estando entre cuatro paredes que apagaban su brillo. Éramos cuerpos celestes divagando en órbitas ajenas, buscando conforte en voces que no entendían de la sombra.
Una fusión atómica compuesta de felicidad agria y complejidad, contenidas, a punto de desbordarse.
Entonces guardé un imán en mi bolsillo, dispuesto a recoger los pəsados recuerdos que me colmaban la mente. Como fragmentos de meteorito que debía barrer para no arder en ellos.
Pero desde que conocí tu presencia, el universo se reordenó. El vacío dejó de doler cuando llenamos nuestra órbita con mil estrellas. Y mis pensamientos -antes cometas sin rumbo- empezaron a girar alrededor de tu calma.
Porque tú naciste entre las pléyades; y así fue como entendí que algunas luces no vienen del cielo, sino de la mirada.
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