Tu presencia,
tu creencia en mí,
tu creencia en Dios.
Es tarde,
y el viento arrastra hojas
como arrastra nombres olvidados.
Te busco en la sombra de las paredes,
en el temblor de la vela que agoniza,
en los pasillos donde mi voz no regresa.
Dices que crees en mí,
como quien arroja una moneda a un pozo seco,
como quien espera un milagro
en la ruina de una iglesia abandonada.
Tu creencia en Dios
es un susurro en la boca de los muertos,
un rezo que nunca alcanza el cielo,
la última estrella apagándose
cuando ya nadie la mira.
Y sin embargo, aquí estamos,
como dos faros rotos en la tormenta,
como dos huellas que la marea no se atreve a borrar.
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