La recuerdo inclinándose hacia mí lentamente, con esa calma peligrosa de las mujeres que entienden el efecto de su cuerpo sin necesidad de nombrarlo.
La luz rozándole las piernas. La boca apenas húmeda. La mirada fija sobre la mía mientras el aire entre ambos comenzaba a sentirse demasiado pequeño.
Nunca he sabido qué hacer con mujeres así. Mujeres que parecen suaves hasta que se acercan lo suficiente para destruirte la paciencia. Ella tenía esa clase de sensualidad que no necesita exhibirse.
Bastaba un roce accidental de sus dedos para que el pensamiento se volviera físico. Brutalmente físico. La imaginaba acercándose a mi oído solo para respirar. Solo eso. Y aun así sentiría el cuerpo entero reaccionando como si acabara de abrirse una puerta peligrosa dentro de mí porque el deseo real nunca empieza en las manos, empieza mucho antes. Empieza en la tensión. En las pausas largas. En el modo en que una mujer sostiene la mirada mientras sus piernas se separan apenas, como un gesto inconsciente cargado de intención.
Ella olía a noches largas. A piel tibia después del calor. A ropa desordenada sobre el suelo. A besos lentos volviéndose cada vez menos inocentes.
Y yo quería perderme ahí. Quería recorrerla despacio, con esa paciencia hambrienta que aparece cuando el deseo lleva demasiado tiempo acumulándose. Sentir cómo su respiración cambiaba bajo mis manos.
Cómo el cuerpo deja de obedecer a la razón cuando alguien sabe exactamente dónde tocar, dónde detenerse, dónde provocar ese temblor pequeño que anuncia que ya no hay vuelta atrás.
La imaginaba sentada sobre mí, moviéndose lentamente, con el cabello cayéndole sobre los hombros y los labios entreabiertos mientras intentaba mantener una compostura que ya se estaba derrumbando.
Y hay algo obscenamente hermoso en eso: ver a una mujer dejar de pensar para empezar simplemente a sentir. El cuarto entero parecería respirar con nosotros. La oscuridad. El calor.
La tensión húmeda creciendo entre ambos mientras mis manos descendían lentamente por su espalda y ella cerraba los ojos apenas un instante, como si el placer pudiera marearla. Hay mujeres que despiertan deseo. Ella despertaba hambre. Una necesidad profunda de tocarla otra vez incluso antes de haber terminado de hacerlo. De memorizar cada reacción de su cuerpo.
La manera en que se aferraría a mí. La forma en que su respiración se rompería poco a poco mientras el placer comenzara a desarmarla desde adentro. Y entonces llegaría ese silencio extraño. Ese donde dos personas siguen pegadas una a la otra, respirando cerca, todavía ardiendo, mientras afuera el mundo continúa existiendo inútilmente.
Los autos. Las luces de la ciudad. La gente durmiendo tranquila sin sospechar que hay cuerpos en alguna habitación perdiéndose con lentitud.
Ella apoyaría la frente contra mi pecho y yo seguiría deseándola igual. Tal vez más. Porque algunas mujeres no terminan cuando acaba el incendio. Se quedan debajo de la piel. Como el calor que permanece en las sábanas después de una noche demasiado intensa para olvidarla fácilmente.
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